viernes, julio 01, 2005

Semblanza

Por Guillermina Delupi

No sé por qué razón, una voz en el teléfono o un escrito hacen que nos formemos imágenes, rostros, apariencias. Fundadas, supongo, en los pre-conceptos que la cultura nuestra de cada día nos impone; imágenes que por cierto nada tienen que ver con la persona, y el hecho de que se vuelvan distintos en la realidad, a como uno los había evocado, ha generado desde siempre en mi una especie de frustración, sólo por el simple hecho de volverse distinta a lo que mi mente concebía.

Había fantaseado con un ser de pelo largo, algo desaliñado, de facciones angulosas, y con rastros de pintura en sus manos.

Quizás fue por eso que cuando lo vi por primera vez pensé que se trataba de otra persona.

De estatura mediana, manos pequeñas amplia sonrisa y aspecto prolijo, conocí a Gustavo Ortíz en su casa en La Falda, lugar en el que pasa la mitad del tiempo que no está en San Pablo, donde también tiene sus talleres.

En su casa siempre se respiró un clima artístico, y habría sido ese ambiente el que marcaría su inclinación por el arte.

Su padre -dentista de oficio- anhelaba que Gustavo fuese músico y aún antes del nacimiento de su descendiente, compró un piano de cola que habitó durante largos años la casa. Piano en el que –si vale la anécdota- ensayara Astor Piazolla en su paso por la Falda. Pero el futuro de Ortíz había de ser la pintura.

Este rosarino -cordobés por adopción desde muy pequeño- con movimientos parsimoniosos plasma sobre lienzos sus historias vividas. Y lo hace con majestuosa pasión.

Sus padres ponían a su alcance cuanto libro hubiera dando vueltas. Así, a corta edad ya tenía frente a él El Quijote, libro que mas tarde retratara en una de sus series: "Los Quijotes"; o la imagen de "La casa del ahorcado" de Paul Cezanne, pintura que lo impactaba de niño "aunque en ella no hubiera ningún ahorcado". Mas tarde el impacto que le causara en su niñez seguiría intacto, aunque ahora sí, por la belleza de la obra en sí, pese al ahorcado del relato de su padre.

Aunque no toca ningún instrumento, siente una atracción especial por la música, principalmente por la orquesta sinfónica "es mágico cómo la cantidad y diversidad de instrumentos pueden lograr algo tan armonioso". Y aprovecha cuanta oportunidad encuentra para ver los ensayos de orquesta, que "es donde se puede apreciar verdaderamente la magnificencia de la música".

La serie "Los Músicos" se inspira en su atractivo hacia la música, y sus pinturas portuarias nacen en su paso por los puertos de Barcelona y Río de Janeiro.

Admirador de Van Gogh y Toulouse-Lautrec ha realizado una Serie Homenaje dedicada a éstos dos grandes de la pintura.

La delimitación de las siluetas a través del color más que de la línea son una característica en los cuadros de este pintor de apariencia calma.
Cada vez que termina una obra, saca de su escritorio un cigarro negro y se sirve una medida de whisky. Contempla su obra durante largo rato antes de darle, él mismo, su aprobación final.

De conversación amena y agradable, el artista agradece poder vivir de lo que más ama: la pintura.