viernes, julio 01, 2005

Semblanza de mi abuela

Por Itzela Sosa

El nombre de mi abuela era muy largo: Lorenza Dominga Durán Rodríguez. Nació a mitad de la nostalgia en 1907 en San Francisco Tlapancingo, en la sierra mixteca de oaxaca un domingo 10 de agosto de aquél año prerevolucionario. Nació morocha y feliz. La revolución marcó su infancia. Fue la mayor de 9 hermanos de los que sólo sobrevivieron a la infancia 6. Las visitas dominicales a la iglesia del pueblo la acompañaron toda su vida, desde el principio al igual que sus dos interminables trenzas negras al costado de los hombros. Estudio hasta tercero de primaria y aprendió el orden y el sonido de las letras. Sabía leer como quien canta. Creció con el olor del fogón y el pan que leudaban en la panadería del pueblo, el antiguo negocio familiar.

Se casó por primera vez con un hombre celoso de su misma edad. Poco tiempo después el azar la dejó viuda. Se casó una vez más con un político Oaxaqueño que le doblaba la edad. Tuvo su primer hijo a los 31 años en Oaxaca. Poco tiempo después migró a la ciudad de México donde trabajó como doméstica muchos años. Enviudó una vez más y con su hijo Moisés migró hacia el estado de Morelos. Su tierra fue con ella a todas partes. Con ella migró una buena parte de su familia. Vendió de todo, como ambulante y en lo que después sería su tienda de abarrotes cerca del mercado. Nunca olvidó el alma y los sabores de su pueblo. La preparación de mole se convirtió en su vida y en su familia en un ritual de paso. Sirvió de intermediaria y de hospedaje para los braseros migrantes de su pueblo. Pasados los 40 años conocería a su tercer y último marido un ex revolucionario de las filas de Zapata. Se unieron cuando ella pasaba los 40 años de edad y él los 70. Caminaban por la calle de la mano. A los 45 años la virgen de Guadalupe –decía ella- le permitió ser madre una vez más de su segunda hija.

Trabajó de comerciante el resto de su vida. Las lunas de sus manos nunca se durmieron. La nostalgia de su tierra sonaba repetidamente en la canción mixteca que una y otra vez vocalizaba pensando en aquellos árboles que hacía muchos años había sembrado a la entrada de su pueblo. Con los años los rasgos indios y andaluces se fundieron. 8 nietos después, llegados los 85 años, decidió que era tiempo de marcharse. Se despidió de todos con una lucidez impresionante. Dos semanas después de haber empezado a despedirse, se marchó un 29 de agosto de 1992. Lo que ella era gritaba tan fuerte, que se hacía difícil escuchar lo que decía.