viernes, julio 01, 2005

Juan Carlos Canteri

Por María Emilia Schmuck

Una fotografía en blanco y negro, guardada como recuerdo de un viaje muy pasado, muestra a Juan Carlos Canteri tal como era en su juventud.

Hace al menos 40 años, el hombre posaba risueño junto a sus amigos en una poblada playa de la ciudad de Mar del Plata, destino inevitable de todos los veranos de su vida. De estatura normal, muslos desarrollados gracias a la práctica de fútbol y brazos anchos y fibrosos, Juan Carlos, a quienes sus amigos aún hoy llaman “cabezón”- por el tamaño de su cabeza, claro está- parece estar feliz. Es notoria, debido a que en la foto aparece con el torno desnudo, la ausencia del músculo pectoral en su pecho derecho, malformación congénita con la que pareció lograr lidiar sin ningún problema.

De chico, a pesar de las lógicas burlas de sus compañeros en la escuela y el club, nunca pareció sentirse afectado por aquello y actualmente, cuando sus nietos parecen intrigados por la singularidad de su pecho, les hace creer que es producto de una lucha con un animal salvaje.

Nacido en la ciudad de Santa Fe en 1931, vivió su infancia junto a sus padres y hermanos en el barrio sur de la ciudad, zona de la que nunca llegó a desencariñarse y lugar en el que reside su actual hogar. Su padre “Don Ramón”, un hombre muy recto y severo, llegó a influir notablemente en su personalidad; de él supo copiar la honestidad, tenacidad y en muchos casos también la testarudez. Sus dos hermanos mayores fueron cómplices de muchas de sus tardes en el “Quilla”, tradicional club de la ciudad que ha sido escenario de numerosas infancias santafecinas. Su pasión por el fútbol adornó cada una de sus jóvenes tardes, y su paso privilegiado por el club de sus amores, Unión de Santa Fe, es una de las experiencias de su vida que relata con más entusiasmo, sobretodo a sus nietos unionistas.

Su infancia transcurrió entre las canchas de fútbol, las aulas de la Escuela Nacional, el ya mencionado club “Quilla” y su humilde casa en el barrio sur de la ciudad. Los únicos problemas que afectaban a su familia eran de tinte económico, pero tanto su madre, “Doña Gloria”, como su padre, trabajaron hasta el cansancio para que nunca le faltara nada.

A los tempranos 14 años conoció a la única mujer de su vida. Vilma Corte, su novia de la adolescencia, esposa de la juventud, madre de sus hijas y actual compañera de la vejez, creció a su par. Profundos son los sentimientos que unen al “cabezón” con su actual esposa, quien, supliendo la constante neutralidad de Juan Carlos y su incapacidad de enojarse o embroncarse en situaciones difíciles con un carácter fuerte y una personalidad decisiva, siempre pareció tomar las decisiones en la pareja.

Con ella soñó, desde el primer momento en el que se conocieron, formar una familia, y así sucedió. Siguiendo al pie de la letra las convenciones católicas que ambos respetan con mucha fe y compromiso, se casaron en 1957 y tuvieron 6 hijas. Si, 6, y todas mujeres.

Cuentan sus amigos que lo primero que hizo al enterarse por primera vez que iba a ser papá fue comprar una pelota de Unión para su futuro hijo. Al nacer las mellizas, sus dos primeras hijas, la guardó esperando poder regalársela a su primogénito que ya habría de venir...

Pasó mucho tiempo hasta que puedo hacer uso de aquella pelota: los 5 primeros seres que sus hijas trajeron a este mundo, fueron todos de sexo femenino. Hoy, Juan Carlos tiene 1 bisnieta y 17 nietos, de los cuales, para alegría de este pobre futbolista, 10 son varones y, siempre que los ya cansados meniscos lo permiten, juegan con su abuelo a la pelota.

Pero este personaje no sólo se destacó en el fútbol, su notable inteligencia y dedicación aplicadas al estudio de Derecho, junto con su constante y estricto respeto por los valores de honestidad, responsabilidad y tolerancia que lo guiaron a lo largo de toda su carrera, lo convirtieron en un abogado ejemplar que debió alejarse de las canchas.

Tal era la transparencia de sus actos y el compromiso que lo ligaba a los casos que atendía que, por defender su honestidad hasta las últimas consecuencias, y luego de sufrir por ello numerosos conflictos con colegas, decidió apartarse de su entorno laboral y dirigirse hacia la ciudad de Buenos Aires.

Sólo en la enorme ciudad, sin nada que perder y con muchas intenciones de salir adelante, extrañó desesperadamente a su familia, que lo supo esperar todos los fines de semana- y lo siguió esperando hasta hace 5 años atrás- en su ciudad natal.

Luego de trabajar en la resolución de casos particulares por casi dos décadas, decidió dedicarse a la función pública y trabajó en la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia, el Ministerio de Justicia y, finalmente y por 5 años, en la Defensoría del Pueblo como Defensor Adjunto.

En el año 2000, ya bordeando sus 70 años, Juan Carlos decidió abandonar su departamento de Buenos Aires y los agotadores viajes semanales junto a su puesto en la Defensoría del Pueblo para disfrutar de sus últimos días junto a su mujer, sus hijas y numerosos nietos en su Santa Fe querida.

Hoy sigue siendo el mismo hombre de mediana estatura y cuerpo musculoso, cabeza grande y mirada feliz. Tal vez su pelo, que en aquellos lejanos años resplandecía por su intenso color rubio y ahora es blanco y escaso, ya no luzca como antes. Sus ojos, de ese color miel que suele convertirse en verde, ya no brillan con tanta fuerza y entusiasmo, en cambio transmiten paz y serenidad. Su boca, heredada por muchos de sus descendientes, presenta labios finos y de color intenso que tal vez ya no dejan ver esa hermosa y sana dentadura que tanto lo caracterizaba. Sus piernas tampoco tienen la fuerza de antes, y al fútbol lo prefiere por televisión o radio.

Tampoco está pasando por momentos de extrema lucidez, a partir del año en el que dejó su trabajo en la ciudad capital, la practicidad que lo caracterizaba al realizar muchas de sus actividades se desdibujó rápidamente y los olvidos que ya lo definían en su juventud se acentuaron notablemente.

Pero su honestidad, sabiduría y respeto por las personas que lo rodean, lo sigue marcando y lo marcará hasta el día de su muerte que, esperemos, sea muy lejano.