viernes, julio 01, 2005

HLE

Por Alejandro Toro

Escribo sobre alguien que siguiendo los rigores de la modernidad, constatadora al máximo y siempre exigiendo pruebas, podría no existir. Eso es posible si, como es mi caso, nunca has escuchado su voz ni visto su cara en la televisión.

Para mí, la historia de este personaje se inició hace sólo cuatro meses. Antes, ni en sueños. A comienzos de marzo, un amigo me comentó sobre un taller de crónica a través de Internet que impartía un periodista argentino, que vive en Uruguay. Su nombre, en ese entonces: Hernán López... algo.

Hernán, hasta hora, es sólo letras, palabras, oraciones, párrafos y textos, personalidad literaria que batalla entre línea y línea, y que enfrentado a cada disyuntiva si el punto es aparte, seguido, lo acompaña una coma o viene doble, deja ver y enseña algo de su esencia.


Lo poco que sé de él es gracias a la distancia virtual; por sus comentarios en correos electrónicos durante el taller o por lo visto en su página en Internet. En su vida literaria hay nombres que se repiten, ordenados sin orden pero intuyendo importancia: Juan José Saer, Rodolfo Walsh, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Tomas Eloy Martínez, Carlos María Domínguez, Bertolt Brecht, Julio Cortázar, Oscar Wilde y varios más. En la familiar, está al borde de los 50, tiene tres hijos y una esposa llamada Laura, también escritora.

Muy joven partió a Brasil, viaje “gentileza” de la dictadura argentina. Regresó a su país en 1984, época de comunión con la literatura y el periodismo. Vive en Uruguay desde 1998, segundo exilio autoimpuesto tras sufrir reiteradas agresiones y amenazas debido a sus trabajos periodísticos que a más de alguien incomodaron en Argentina.

En 1994 Hernán publicó su cuarto libro, “Resaca”, en justicia el primero, pues surgió de “El menor de los Ocampo”, iniciado diez años antes. Con “Tierramemoria”, en 2004, ya completa nueve publicaciones.

Difícil saber cómo es físicamente, aunque algo se puede especular tras observar las únicas dos fotos de Hernán disponibles en su página web. En una, tomada en un día soleado, quizás dónde, va caminando y el retrato de medio cuerpo lo muestra, de lado, mientras mira hacia atrás. Lleva lentes oscuros, el pelo crespo - aunque no tanto- y por la contextura de su cara no debe ser gordo. ¿Mide tal vez 1,73? Se ve joven, en torno a los 35. En la otra imagen, ya las canas asoman en su cabeza ondulada; debe estar en los 45 años. Sentado frente a varios micrófonos, con lentes para lectura, ofrece, un día indeterminado, una conferencia de prensa o dicta una charla.

Tengo al menos cierta certeza: Hernán es delgado (o lo era en las fotos), pese a su afición a la buena mesa. Estoy seguro que en los días de frío agradece un buen plato de lentejas y una generosa copa de vino tinto. Pero no sólo eso: sus manos llevan las riendas del delantal en su casa situada a siete kilómetros de Nueva Palmira, un pueblo uruguayo de sólo siete mil habitantes; las mismas manos que, sentadas en una ruidosa silla frente al computador, probablemente buscando a través de la ventana la palabra más apropiada, justa y que agradecerá el lector, escriben cada día, a través de otros y otras, la historia de Hernán López Echagüe o si se prefiera abreviado en sigla, de HLE.