viernes, julio 01, 2005

Gustavo Vidoni

Por Daniel López

Para muchos este nombre no dirá nada. Para mí es todo.

Dicen que un amigo es lo mejor que puede tener un ser humano. Entonces afirmo que no tenerlo es lo peor. Ya pasó un año y medio desde su partida. Nadie la quiso, ni siquiera él. Fue una bala certera que traspasó sus pulmones y la aorta para dejarlo sin vida. Y dejarme sin amigo.

El gringo era un ganador. De un físico privilegiado para los deportes. Fue campeón argentino de cien metros y de salto en largo. Derrochó talento por las canchas de fútbol de varios lugares de argentina y destrozó arqueros con sus remates a quemarropa. Hizo gritar muchos goles y le dio grandes éxitos al Club Social y Deportivo Luis Beltrán.

Gustavo dejó cuatro hijos, todos, menores de edad; y a su mujer en la dura tarea de seguir educándolos. Con el dolor de buscar día a día una imagen paterna que no volverá jamás. En realidad no fue Gustavo quien dejó a su familia, sino el asesino que descargó su ira y cobardía en el cuerpo de un hombre desprovisto de cualquier arma, salvo la de enfrentar cara a cara a quien sea.

Apenas había superado los 42 años y la vida se le terminó. Dividió su tiempo entre el campo, con las ovejas, los chivos, las vacas, los caballos; y la pasión del fútbol. De chico supo correr avestruces en le medio del prado con absoluta inocencia de entretenimiento, de allí su velocidad a la hora de andar. Fue a un colegio “de Curas” en donde, junto a Nelson –su hermano-, hizo travesuras, conoció a su primera novia y se hizo popular por su porte. Esos 90 kilos de fibra repartidos en un metro ochenta hacían vibrar ante cada discusión o delante de cualquier injusticia. Vidoni siempre estaba del lado de los oprimidos o de los más inofensivos. Era una especie de héroe anónimo que habitó los suelos de esta Patagonia tan abundante y extensa.

Demostró ser una gran persona a lo largo de los años y sembró experiencia para todos los gustos. No se cansaba de contar anécdotas y para él cada día era el último. Así vivía Gustavo, así disfrutaba la vida. Esa existencia era para él lo mejor. Siempre alegre, siempre sonriente con la necesidad de estar bien y hacer sentir dicha a los que estaban a su alrededor. Odiaba la injusticia y, cuando podía, la evitaba con sus propias manos. Algo violento para algunos, pero nunca con un arma. Siempre con sus puños. Sólo eso.

Era placentero intercambiar palabras con el gringo. Amaba el rock de los 80 y fustigaba con odio a la pachanga. Alimentaba su ego contando peleas con los eternos rivales de Choele. No podía dejar de discutir de fútbol. Y mucho menos defender a su tan querido River Plate. Se derretía por los dulces y mucho más por los chocolates. Era fanático del asado y las charlas hasta altas horas de la madrugada.

Su sonrisa fresca, brillante y esplendorosa acompañaba un rostro duro, con rebrotes de vida campestre. Cada año vivido en el campo era reflejado con algunas canas que descansaban sobre su mollera.

Todos lo recuerdan en el pueblo. Era el encargado de vender los corderos para Navidad o Año nuevo y en otro momento repartía las garrafas que alimentaban a cualquier cocina chacarera, allí donde el gas natural no llegaba.

Siempre al lado de su padre: Mario. Ese hombre que fue mucho más que su progenitor, fue un amigo.

Cómo olvidarse de ese sentimentalismo con el cual hablaba. Cómo no recordar esos ojos marrones llenos de ilusión y felicidad.

Será imposible olvidarlo. Pasarán los años, los amigos, las historias y todo se irá enterrando en la memoria. Pero Gustavo Vidoni será para siempre el gringo. Ese que cada vez que me veía me decía: “¿Qué hacés pendejo?”.