lunes, junio 27, 2005

Yo, ¿por mí?

Por Guillermina Delupi
Córdoba, Argentina
gdelupi@hotmail.com

Guillermina no es un nombre común. Al menos no lo era cuando yo era pequeña, tal vez por esas cosas incomprensibles y asombrosas que tiene la moda. Sólo se llamaba así una anciana de tremendo carácter que vivía dos calles más allá de la mía, lo que me costaba la burla sistemática de todos mis amigos.

Quizás fue entonces que se me ocurrieron las bondades que hubiese tenido el haberme llamado Mariana, pese a los dichos de mi madre que sostenía enérgicamente que al nombre lo hacía la persona que lo
portaba. El hecho es que nunca me atreví a cambiarlo, y con el tiempo hasta llegué a encariñarme con él.

Nací en una provincia como muchas, hace 30 años. Cuando tenía dos, me exilié -sin que fuera una elección para mí- en pueblos perdidos de la geografía argentina. Fuimos muchos los arrancados de nuestros hogares por la dictadura militar.

Tez trigueña y 1.70 metros de altura me acompañan desde los 16 años. El color celeste -o azul o gris- de mis ojos, que para muchos podría haber sido un encanto, fue para mí el artífice de los peores castigos de mi infancia: frente a mi casa vivían "los trillizos", muchachitos de piel renegrida y de grandes ojos oscuros, que no dejaban pasar oportunidad de hacerme notar la diferencia al son de un cántico -para mí humillante- que no he podido olvidar: "ojos blancos, ojos blancos".

La cara llena de risas de mi madre al ver mis "ojos blancos" atestados de lágrimas por aquello que yo consideraba la peor de las ofensas, me obligaba a refugiarme en los transparentes ojos de aquel chino -aunque nacido de occidentales- que me miraba desde la revista D´Artagnan como comprendiendo mi indignación creciente. Y yo acariciando el papel que me mostraba sus ojos -esos sí al límite de la blancura- pensaba: "Pobre Dax".

De canas aparecidas a corta edad, el pelo castaño, ni liso ni ondulado: en el punto exacto para que los días de humedad se hagan un festín de lo más desopilante.

La costumbre de entrar a todos lados como pidiendo permiso no sé de donde me viene. Pero despierta en mí la sana envidia de quienes entran por una puerta y se hacen notar sin el menor encogimiento.

No hay cosa que deteste más que levantarme en las mañanas (temprano o tarde, igual da). Y no logro comprender todavía de qué se ríe la gente a esas horas.

Tengo una manía casi fóbica, que a veces raya lo ridículo, por las puertitas abiertas -de alacenas, placares- y por cierto orden, como si necesitara del orden exterior para sentir un cierto orden interno.

Desde que tengo uso de razón, me acompaña una facilidad increíble para creerme incapaz de ciertas cosas, y una tendencia inquietante a pensar que siempre hay alguien que es mejor y tanto mas capaz que
yo en cualquier tarea que se nos ponga por delante.

La vida me ha convencido de adentrarme en la lucha por modificar el sistema social en el que vivo, cosa que hago con placer, responsabilidad y mucho respeto desde hace algunos -varios ya- años.

De la mano de Cortázar aprendí que "escribir calma de a ratos", será por eso que escribo: me calma, me libera. Y lamento siempre de no disponer de más tiempo para hacerlo.

Releo lo que escribo y ya no sé si esto que empezó como una autosemblanza se corresponde con la consigna planteada. Nada raro en mí, que suelo desmitificarme a cada paso. Confío mas, entonces, en el juicio de Laura a esta altura del partido.