domingo, junio 05, 2005

Veo.. veo

Por Marcela Flury (Rosario, Argentina)

“¡Veo...veo...!, ¿qué ves?, una cosa, ¿qué cosa?, maravillosa, ¿de qué color?, color... rosa”.

Veo... veo que para incentivar a los chicos hace falta una televisión con cable, computadora con internet y play station. Veo hamacas oxidadas, toboganes cargados de hojas, subibajas dormidos. Y veo a niños que quieren acostarse en un colchón de hojas, hamacarse hasta marearse pero trabajan abriendo puertas, cuidando autos, vendiendo flores, curitas y estampitas.

Veo jueces que se aumentan el sueldo, procesos judiciales sin sentencia, una María Julia saliendo de la cárcel, un Chabán que hizo el intento pero no pudo. Indignación generalizada y estática frente al televisor, en un caso; en otro, movilización y una batalla ganada.

Se cambia de canal en busca de algo que entretenga: desfile de colaless y de tetotas, después apagar la tele, salir a la calle, hacer la diaria, interrupción de tránsito: otra vez, “los vagos de siempre”.

No soy cenicienta, soy la costurerita. Quijote perdió contra los molinos de viento y el principito se esfumo entre vidrieras.

Veo... veo, las leyes de la selva, del “sálvese quién pueda”, del “por algo será”.

Veo...veo, invasión de escenografía y paneles de opinólogos; los sospechosos de siempre, siempre en el poder, podando la historia.

La historia es portadora de voces. Se publican libros, best sellers; se editan notas, entrevistas e himnos. Y se recuerda en Billiken, Anteojito o el manual Kapelusz.

Porque es importante recordar, por lo menos, un día. Rescatar de la memoria algunos episodios, armar con ellos una serie y exponerlos. Una novela basada en hechos reales, pero novela al fin (“para muchos”) Porque se sabe que -y hay a quiénes eso los tranquiliza- que el sueño se enterró.

Somos hijos de una democracia naciente, somos sumisos, dóciles, nos manifestamos entendiendo que “la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro”.

No se escuchan voces sino murmullos, un inmenso ruido entra en el canal de comunicación, nada queda demasiado claro ni demasiado oscuro, hay muchos grises -aunque los daltónicos suelen confundir el gris con el rojo-

Intentamos convencernos en actos, movilizaciones, movimientos, de que están presentes. Se escuchan muchos discursos, representantes de esas voces mutiladas. ¿Pero ellos? A los que no se les diluyó el sueño entre los dedos, con los años, con las derrotas, con los fracasos, con la vida. ¿Ellos?

Y queremos recordar. Hacer memoria por la muerte de obreros, estudiantes, profesionales, sacerdotes o conscriptos cuyo cuerpito de plomo se heló en Malvinas, de todos los que pusieron el cuerpo durante democracias nacientes y procesos militares y a los que siguen poniendo el cuerpo en esta democracia en pañales que todo consulta a su madre norte, que no corta el cordón umbilical y que lejos de asumir su independencia sigue atada a viejas recetas.

Me veo sola, te veo solo. Sólo resta mirarte y saber, deducir que se sumaron calles, plazas, reclamos y se dividió la fuerza.

La lucha es diaria pero no mucha y tendremos que elegir nuevamente: tomar una boleta, introducirla en un sobre, volcarla a la urna.

Veo... veo, se elige un eslogan, se pintan caretas, pero ya nadie recuerda a las víctimas de esta democracia en pañales que se acuerda siempre de la madre norte pasándole una mensualidad -una cuota de nuestro amor y nuestra sangre- porque con la jubilación no le alcanza.