domingo, junio 05, 2005

Tres muertes

Por Itzela Sosa (Cuernavaca, México)

Se las traga el desierto, la injusticia, la opresión no sólo de género sino también de clase. Se las traga la ineficacia del Estado en garantizar la seguridad de sus ciudadanas/os, la impunidad, la doble discriminación, ser pobres y ser mujeres en un país que otorga pocas garantías a quienes tienen esas características. Han pasado 12 años y el número de desaparecidas y de cuerpos mutilados, violados, torturados, esparcidos, se incrementa. Ser pobre y ser mujer, vulnerablidad que se suma, se multiplica, se potencia. Dicen que en las fronteras todo es posible, todo menos ponerle fin a la injusticia y la violencia, terminar de una buena vez con las condiciones que hacen posible que niñas, adolescentes y adultas mujeres vivan y/o sean alcanzadas por el terror de desaparecer sin dejar rastro o dejando tras de esa desaparición el hallazgo de un cuerpo inerte, lacerado.

Se calcula que son más de 400 las muertas y más de 600 las desaparecidas entre 8 y 25 años de edad. La mayoría han sido violadas, torturadas, estranguladas, mutiladas, descuartizadas, acuchilladas en diversas partes del cuerpo. Algunas presentan el tiro de gracia. La mayoría de las víctimas son de clase social baja, son inmigrantes, muchas de ellas recién llegadas, sin o con pocas redes sociales (familiares, amistosas, laborales), morenas de cabello largo y obscuro, complexión delgada o regular.

En todos estos años las autoridades no han hecho nada para proteger a la población más vulnerable y resolver los interrogantes en torno a las desapariciones y las muertes. En todo caso directa o indirectamente su falta de interés por solucionar este problema ha protegido a los responsables. A doce años de distancia no hay respuestas que sean capaces de poner fin a este fenómeno.

Y las preguntas, como las desapariciones, las muertas y los años se incrementan: ¿qué clase de sociedad puede permanecer pasiva ante estos hechos? ¿cuántas muertes y desapariciones más se necesitan? ¿qué clase de autoridades justifican este feminicidio cuestionando la “moral” de las víctimas? ¿acaso existe alguna diferencia si alguno de los cuerpos mutilados y violados es el de un ama de casa, una maquiladora o una prostituta?

Se trata de un problema complejo que exige la intervención eficaz de las autoridades y de la sociedad. Es sabido que la violencia de género se acentúa con los movimientos migratorios, la problemática política, económica y social que impera en el país. Se vuelve entonces pertinente no solo visibilizar la violencia física y simbólica de la que están siendo víctimas las mujeres, sino también condenarla y establecer las vías para erradicarla.

Como forma de minimizar el problema muchas veces las autoridades cuestionan “la moral” de una mujer asesinada o desaparecida. Lo anterior no sólo no sirve de nada sino que en cierta manera justifica la violencia contra estas mujeres bajo la estúpida lógica de que “se lo merecían” y/o “se lo buscaron”. No es cuestión de moral ser o no ser víctima de una muerte violenta, pero sí es cuestión de derechos humanos y de responsabilidad social garantizar que la tortura en cualquiera de sus formas y expresiones desaparezca de nuestras prácticas sociales cotidianas.

Al final a estas mujeres se las mata por partida triple: con la muerte social que quizás las acompaña en vida y con la indiferencia, el silencio y la impunidad que prevalecen y prosiguen a la desaparición y a la violenta muerte.