lunes, junio 27, 2005

Semblanza de una morocha preguntona

Por Itzela Sosa
Cuernavaca, México
moluscofeliz@yahoo.com


Nací en lo que es el invierno para algunos un 23 de diciembre del año del dragón en Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera. Nunca fui una persona silenciosa. La tercera hija de un matrimonio que ya para entonces hacía grandes intentos para mantenerse unido. Crecí persiguiendo atardeceres. La casa de mi abuela en Cuautla me tomó siempre por sorpresa. No solo por sus cuartos casi laberínticos, o por la covacha al final de aquél pasillo en la que siempre imaginé vivía alguna bruja, algún fantasma, sino por las interminables leyendas que escuchaba entre sus muros. Me hice niña y crecí con sus olores, amaba cocinar, ver las manos alquimistas de mi abuela ante la estufa. La magia de mi abuela se disipaba en aquella casa que olía siempre a maíz, a chocolate, a chiles recién molidos. El metate acompañó más de una de mis noches en la víspera de algún festejo familiar.

Ahí recibí mi primer libro de poesía, me maravilló su geometría indescifrable entonces para mi. El kinder y el níspero del patio trasero de la casa me esperaban en Cuernavaca. Cada vez los libros de la casa eran más míos al igual que las preguntas, cada vez mi cama era más chica. A los 11 años decidí que iba a ser feliz.

Benedetti y Neruda acompañaron mis primeras rebeldías y temores. El secundario acrecentó mi rebeldía mis ansias por viajar. Mi primer trabajo me enfrentó con la distancia, enseñé español y cultura mexicana por más de diez años a personas de todos los orígenes yrazas, esto me posibilitó viajar y abrir las puertas.

Los libros se volvieron la realidad de cada día, la conjugación y el verbo indispensable. Colaboré con diversos periódicos y revistas. Con Cortázar descubrí que no hay salida, no hay marcha atrás para cerrar los brazos.

Estudié administración por accidente, por tristeza. El 1 de enero del '94 no habré de olvidarlo nunca. Ese hervidero de injusticias no seolvida. Participé activamente en marchas en la organización de ayudas para el sur. Al graduarme Cuba ya me estaba esperando entre bembés y tambores, esa isla de corcho interminable me dotó de color, de la importancia de vivir sin revlon. Despertó mi sangre negra, fue un espejo. Meses después al retornar a México entré al posgrado en estudios de población del CRIM-UNAM. Asistí a talleres literarios, y capacitaciones en ciencias sociales, sexualidad ygénero. Lo que quería decir empezó a encontrar la senda, a tomar forma. Termine la tesis de grado con un premio nacional y mil preguntas más hacia delante.

Siempre he sido preguntona y pasional. Poco civilizada dicen muchos. Las preguntas continúan hasta hoy.

También mi asombro.