domingo, junio 05, 2005

¿Respetamos al otro?

Por Ana Herrera (Salta, Argentina)

Varias notas televisivas mostraron la semana pasada algunos colegios tomados por estudiantes secundarios, el posterior corte de calles, y los altercados entre los jóvenes y otra gente que compartía la escena, aunque no la protesta. Gritos, forcejeos, golpes de puño. Algunas develaron el estado decrépito de los colegios argentinos, los años de desgaste y desidia, avalando -de alguna manera- la razón de los estudiantes al reclamar mejoras en el sistema educativo, o al menos en el edificio educacional. Otras, mostraron gente indignada, ofuscada, porque un imberbe grupúsculo osaba ponerse en el medio de sus acelerados caminos. Todas las notas, tenían el testimonio de alguna vecina mandando a estudiar a los que protestaban, desvalorizando el reclamo hasta el extremo de gritar -con voz de vieja vecina-: “Y a mí que me importa que se les venga el techo encima”.

Muchos, pusieron el foco de su interpretación en la irreverencia juvenil y quizás, en la obviedad de los edificios derruidos. Sin embargo, pocos reflexionaron sobre el rol de los adolescentes en estos episodios, sólo alumnos, cuyo mayor pecado fue ese: ser adolescentes. Que se acordaron de ellos mismos, de sus derechos, y entonces, gritaron. Lo que se vio, a pesar de las cámaras, fue una falta de respeto generalizada hacia la juventud por parte de todos los adultos entrevistados.

Me detuve a pensar en la cuestión del respeto, en la necesidad de escuchar al otro, mirarlo, ponerse aunque sea un minuto en su lugar. No considerar al otro es casi cotidiano, una situación tan naturalizada que así vamos por la vida: atropellándonos, faltándonos el respeto, los unos a los otros. Falta el respeto la señora vecina al insultar al joven que protesta, y por tener unos cuantos años más -y sólo eso- se da el lujo de decir cualquier cosa. Pero al ser una señora mayor, sus palabras suenan a verdades generalizadas. Faltan el respeto muchos, quizás demasiados maestros, que tratan a los niños como seres nulos a los que deben inculcarles “principios” a como dé lugar. Ni que hablar de algunos maestros de niños indígenas, combatiendo las lenguas y culturas originarias desde hace añares, y por ello, en un lejano paraje rural rodeado de montañas, hoy utilizaremos la palabra generadora “foca”.

Mi pensamiento sigue su curso: un gendarme que sube a un colectivo que viene de La Quiaca pide el documento, ladrando, a la señora de ojos rasgados, trenzas y pollera ancha, y sonriendo babosamente, a la rubia turista. El médico que reta a una madre por llevar a sus chiquitos “en ese estado” al hospital, como si fuera culpa de ella el hambre, el frío y la falta de abrigo, el agua sucia, el comer basura, de la basura. El cura regordete, con anillo de oro, predicando entre los hambrientos, “bienaventurados los pobres”...

Y allí están, en un listado interminable, los que en algún momento, o siempre, alguien les faltó el respeto: indios, niños, esposas, maridos, villeros, mujeres, negros, pobres, lustras, enfermos, jóvenes, homosexuales, adolescentes, provincianos, locos, empleados, bolivianos, desocupados, coyas, parturientas, hijos, piqueteros, prostitutas, ateos, mendigos, peones, borrachos, ancianos. Distintos. Parecidos. Otros. Otras. Nosotr@s.

Y aquí estoy, enredada en mi pensamiento: la falta de respeto como una gran simplificación del funcionamiento del mundo, esquivando ideologías, historia, economía, crecimiento, desarrollo, distribución, justicia, política, equidad, dominación. Pensamiento simple, cargado de sentimiento, de ¿culpas? Quizás la reflexión necesaria, a nivel personal, para iniciar un sendero -ya que un camino es amplio, y necesita de otros- hacia ese otro mundo “donde quepan muchos mundos, donde quepan todos los mundos”.