domingo, junio 05, 2005

Quejas verdes

Por Raúl Chami (Córdoba, Argentina)

La tala y la poda de árboles en nuestra ciudad de Córdoba llaman a reflexiones. Pero a decir verdad, las mismas están teñidas de ese tan feo condimento que es el hartazgo. Otra vuelta de tuerca, los municipales que podan y talan para salvar los cables eléctricos, para que se vean bien los semáforos, que no golpeen las ventanas de departamentos, oficinas, que las raíces rompen caños y cloacas, etc. Por el otro lado los ecologistas, ambientalistas, urbanistas y demás interesados que braman por el sufrimiento de los árboles, la falta de oxígeno, la belleza.

Pero, en un entorno de tanta desidia generalizada, ¿cómo carajo no es posible que se junten estas mentes brillantes y juntas decidan cuál árbol podar y cuál no, cuál hay que talarlo y cuál seguirá dando sombras y fotosíntesis para que respiremos?

Los hermosos palos borrachos, jacarandaes, tipas de La Cañada, y varios más, claman, ya es sabido. Por momentos uno se pone del lado de estos gigantes y los humanos no tenemos derecho a romperles un brazo joven o arrancarlos de su madre tierra para que entren mejor cuatro o cinco oficinas de mala muerte, o que peligre un caño. Es posible observar en los más lujosos barrios de esta ciudad algunas residenciales fabulosas cuyos dueños pudieron con ingenio salvar árboles y, créanlo, estos le dan una majestuosidad que induce admiración.

En este momento es tedioso enumerar la cantidad de cortezas, flores, raíces, savias, y otros elementos que son de trascendencia para el tratamiento de diversas dolencias de humanos, animales y vegetales también, para la industria ni qué hablar. Los poetas, músicos, pintores tienen sin costo alguno motivos para sus inspiraciones. La sevillana, un cuchillito o un oxidado clavo cualquiera hieren la corteza para declaraciones de amor o para consignas y señas políticas. Ni qué hablar del deleite de los ojos.

No es difícil reacomodar los semáforos, proteger ventanas y balcones, realizar pequeñas podas, cortar con delicadeza aquellos segmentos de las raíces que no inducen a la muerte de ellos. Los políticos y ecologistas se pueden sentar bajo la sombra de un jacarandá con flores violetas y discutir sobre la mejoría de nuestro hábitat, porque con las discusiones que presentan en los diarios desertifican la cabeza de los lectores también.

¡Ah!, propongo que ambos grupos formen un coro y que ensayen bien afinados “Setenta balcones y ninguna flor” de Baldomero F. Moreno; verán como el ritmo de las ramas y hojas los acompañan.