domingo, junio 05, 2005

Matrix para pobres

Por Guadalupe Gómez (Buenos Aires, Argentina)

Juan es estudiante de Ciencias de la Comunicación y dirige un taller de cine con adolescentes en la Villa 21, ubicada en las zonas de Barracas y Parque Patricios, de la Ciudad de Buenos Aires. Hace unos días les propuso realizar una película y los jóvenes con entusiasmo respondieron “¡Qué bueno! Entonces vamos a poder filmar Matrix”. Ese no era el tipo de trabajo que había imaginado Juan. Por el contrario, su deseo era utilizar este arte como una herramienta de denuncia con la que los chicos mostraran, por ejemplo, sus modos y sus condiciones de vida, sus necesidades, sus carencias, sus problemas cotidianos para que esas situaciones pudiesen conocerse más allá de su propio mundo. Sin embargo, esa no fue la pretensión de los talleristas.

La primera cuestión que esta anécdota evidencia es la suposición de que una persona que convive con la pobreza, la violencia, el hambre, el desempleo va a querer reproducir esa “realidad” y hacerla pública. ¿Por qué creer que estos adolescentes podrían desear contar una historia inspirada en aquéllo con lo que se enfrentan todas los días? ¿Para qué querrían recrear las angustias y los temores de vivir en la marginalidad si ya son presas de ellos?

Por otro lado, también vale preguntarnos por qué nos asombramos cuando estos chicos no piensan en sus propias historias como posibles relatos si aquello que para la cultura legítima es lo dominado, como sería el caso de los habitantes de una villa -porque se encuentran en una posición de desigualdad dentro de la estructura social, política y económica y no de pura acumulación de diferencias, como suelen definirlo los defensores del multiculturalismo- siempre es hablado o narrado por un otro que es ajeno a lo que está contando o analizando. Históricamente, los dominados han carecido de voz y sólo han logrado romper el silencio a través de las palabras de otros autorizados, generalmente, pertenecientes al campo intelectual.

Estos cuestionamientos remiten a un debate anterior, aún inconcluso, que se plantea entre antropólogos, comunicólogos y sociólogos: ¿qué es la cultura popular?, ¿qué es lo que identifica a los sectores populares?

Formular estas preguntas es indagar acerca de lo subalterno porque popular no es un adjetivo esencialista que describe un repertorio de atributos sino que implica relaciones de poder en las que existen dominados y dominantes.

En el caso de los jóvenes, si uno de los objetivos es que ellos trabajen con algo que les sea propio no debemos incurrir en el error de creer que, porque se trata de un producto cultural importado no sólo de otro país sino de otro contexto social, cultural, político y económico, no sirve. Lo popular no es estanco ni está libre de influencias externas, por lo tanto, retomar los intereses de los chicos y permitirles la realización de la versión local de Matrix puede ser un modo de descubrir las resignificaciones que pueden atribuirles a una película que, en principio, parecería ser muy lejana a ellos. Es en esos cruces donde podemos rastrear las grietas y las huellas que dejan estas relaciones de desigualdad.

A pesar de que muchos se nieguen a aceptarlo, los medios de comunicación intervienen en la construcción de las subjetividades contemporáneas y es en la confluencia entre medios y experiencia que es posible vislumbrar los modos en los que estos jóvenes se apropian de lo que consumen y, a partir de sus propias prácticas, les atribuyen nuevos sentidos.

La discusión queda abierta.