lunes, junio 27, 2005

María Emilia por María Emilia

Por María Emilia Schmuck
Santa Fe, Argentina
emi_sch@hotmail.com

Mi abuela dice que nací hablando. Los demás protagonistas de mi infancia lo confirman: resultaba impresionante escuchar hablar con tanta soltura y rapidez a un ser tan minúsculo y de tan corta edad. Sin embargo, y sin dudar de mi actual propensión al habla, creo que he logrado controlar bastante mi lengua y disminuir un tanto mi parloteo continuo.

Nací hace diecisiete años en la ciudad de Santa Fe y desde ese entonces permanezco en el mismo lugar sin la más mínima intención de abandonarlo. Hasta hace poco tiempo no conocía mi ciudad por completo, limitándome a circular por el barrio en el que se encuentran mi casa, mi escuela y mis amigos y familiares. Afortunadamente, tal vez gracias al simple paso de los años, un poco de lectura y algunas nuevas amistades, he comenzado a circular por otras zonas que me eran ajenas y conocido otras realidades a las que era indiferente. Estoy orgullosa de ese cambio.

No sé cuánto de mí hay en mí, pero si estoy segura de que quienes me rodean e influyen en mi vida han colaborado considerablemente en el desarrollo de las características de mi persona.

En mi casa somos cinco, y yo soy la mayor de tres hermanos. Desde que nací, me convertí en la obsesión de mi papá y aún hoy ambos mantenemos una relación basada en la admiración e identificación mutua que por momentos es algo enfermiza. Mis mayores miedos están relacionados con su pérdida y necesito que cada uno de mis comportamientos sea aprobado por él.

Mi mamá es una mujer callada, tranquila, simple, ordenada, determinante e introvertida. Yo, soy una adolescente que habla hasta por los codos, es muy complicada, extremadamente desordenada, cambiante y activa y no puede evitar demostrar lo que piensa y siente. Estas notables diferencias que la mayoría de las veces nos apartaron, principalmente en mis primeros años de adolescencia, hoy parecen complementarnos y, de a poco, permitirnos compartir nuevas cosas. Cuando siento que me acerco a mi mamá, creo estar creciendo.

Me falta mucho para convertirme en una persona madura. Tengo muchas cosas por cambiar, y, por sobretodo, muchas cosas por aprender. A veces siento que no se nada y eso me acerca a los libros. Me gusta mucho leer, principalmente a autores latinoamericanos y biografías o recuentos de hechos históricos. Es una obligación que yo misma me impongo y cuyo premio es sentirme cada día un poquito menos ignorante.

Entre las numerosas cosas que creo deber modificar está, como ya he mencionado, mi extremado desorden, reflejado en mi pieza y demás cajones, mis horarios, mis continuas pérdidas y olvidos y mi impuntualidad. Sin embargo, más allá de que una vida organizada me sería más fructífera, mi prioridad se centra en la modificación de otra actitud, que a mi parecer constituye mi peor defecto: el miedo al cambio. Me cuesta aceptar que muchas cosas finalizan para dar lugar a otras nuevas.

Y como todas las personas, tengo alguna que otra virtud. Sé escuchar a las personas, entenderlas y apoyarlas. Soy sensible ante lo que pasa a mi alrededor. Puedo mantener al día mis amistades y supe elegir las mejores del mundo. Tengo opiniones bastante definidas e ideas bien arraigadas, se lo que me gusta y lo que no.

Me gusta conversar, conocer a las personas a partir de una charla y pasarme noches hablando con gente interesante.

Me gusta llorar, es necesario y se que me hace bien. También amo reírme, y me hace feliz saber que lo hago seguido.

Me gusta estar con mis amigas, compartir todas las mañanas de mi vida con ellas en la escuela y también viajes, salidas, encuentros.

Me gusta escuchar música, sobretodo rock nacional cuando me baño y en recitales.

Me gusta leer, y escribir.

Me gusta el teatro, me ayuda a abrirme, conocerme, divertirme.

Me gusta comer.

Me gusta dormir.

Me gusta vivir.