lunes, junio 27, 2005

L’Anita

Por Ana Herrera
Salta, Argentina
delamontania@yahoo.com.ar

Ana, Anita, Ani, Analís, Lizu, Pigmea. Así me llaman amigos, compañeros, marido, padres, madrina y hermanos respectivamente. La partida de nacimiento dice que mi nombre es Ana Elisa Herrera, nacida el día que comenzó el otoño de 1968, en un pueblito de la pampa húmeda cordobesa, llamado Marcos Juárez. Por cesárea de urgencia y con un color azulino, cuenta mi madre. A los 20 días, y ya de color rosadito, vine a la ciudad de Salta, lugar de cerros, coplas y empanadas, a transcurrir mis días.

¿Quién soy? ¿Qué soy? A ver. Creo que muchas contradicciones y facetas describen mi vida: la mejor alumna - rebelde; colegios religiosos - agnóstica; responsable y perfeccionista - rock and roll, vino y cerveza; mi madre elegante - me visto con jeans, calzado ancho y ropa sin marca; vocación por la medicina, el periodismo y la escultura - soy ingeniera agrónoma; trabajo en un lugar donde buscamos el desarrollo humano respetando las diversidades, el equilibrio ecológico, las minorías - el ingreso mayoritario de mi hogar proviene de la explotación minera; adhiero al discurso de la igualdad de géneros - mi práctica no siempre va en ese sentido; me parecen piolas las terapias alternativas, la búsqueda de una espiritualidad equilibrada y libre - ando alterada de los nervios sin saber para donde disparar. Puedo seguir, pero los 3.000 caracteres con espacios se van a quedar cortos.

Me esfuerzo para no ver el vaso medio vacío, a pesar de trabajar con gusto desde hace diez años en algo relacionado a mi profesión y mi ideología. A pesar de no tener preocupaciones económicas y situaciones familiares graves. A pesar de compartir la mayor parte del día con un grupo de gente bella. Me duele la injusticia, la pobreza -material y de espíritu-, la hipocresía, la mentira. Y por ser estas cuestiones bastante frecuentes en los entornos, y mi inteligencia emocional casi nula, mi coraza de mujer que lo puede todo se ha resquebrajado últimamente, aflorando un enojo y refunfuño contra el mundo que no me hace bien ni a mí ni a los que me rodean. Aún así quiero aferrarme a la mística y las utopías.

También tengo humor, ácido, pero humor al fin. La risa me aflora fácilmente, y tengo una boca grande que me acompaña en ello. Además de la boca, en mi exterior se ven dos ojos, una nariz, dos orejas, lo común, bah. Mi cabello, castaño y lacio a más no poder, estuvo casi siempre a la altura de la cintura, hasta que en un impulso de querer cambiar la cabeza, y creyendo que un peluquero es casi un psicólogo, me lo corté arriba de la nuca, hecho que lamentan muchos de mis conocidos. Aún puedo hacer desaparecer las canas sacándomelas de a una, sin quedarme pelada.

Y lo que completa mi ser y mi estar en el mundo son los afectos. Los de amigos varios y compañeros. Los de mis dos amigas-hermanas-limones. Los de mi familia ampliada con mamá, un papá que ya no está, dos hermanos menores, cuñadas, sobrinos, y suegra. Y sobre todo los de mi pequeña y querida familia, donde hay un marido que tiene las cosas de todo marido después de 8 años de novios y 8 de casados, pero al que quiero un montón. Donde crecen dos hijas hermosas, una de cinco años y otra de un año y medio, a la que todavía le doy la teta. Donde soy esposa y mamá, y ahí otra vez las contradicciones de mujer trabajadora - ama de casa. Donde tengo esos momentos que nos indican que la felicidad está aquí y ahora.

Final feliz, pero sigo. Quiero contarles que de estos dos últimos afectitos me quedó una horrible cicatriz vertical en el medio de la panza porque mi primer “parto” fue, para no perder la tradición familiar, por cesárea de urgencia. Y a propósito de esto, caigo en cuenta que tengo intuiciones que no puedo explicar racionalmente, pero que hicieron por ejemplo que mi primera hija nazca viva porque se me ocurrió pasar, por que sí, por la clínica una semana antes de la fecha probable de parto. Bruja al fin.

Y hasta aquí llego. Se acabaron los caracteres (ya sé, sobran). Faltó algo de la infancia y la adolescencia. Pero a mi me parece que a pesar del respeto por la palabra y todo eso, podríamos usar unos 3000 caracteres más. O mejor: soñar a que nos juntamos a comer un asado y tomar un vinito todos juntos, y nos contamos lo que falta. Y creer que los sueños se cumplen.