lunes, junio 27, 2005

La pantorrilla

Por Alejandro Toro
Punta Arenas, Chile
atoro@laprensaaustral.cl

Nací en 1969, ocho días antes de que el hombre llegara a la Luna. Cuatro años más tarde, poco después del golpe militar, aferrado a la mano de mi madre en la periferia del Santiago, las balas al aire de un militar guardaron para siempre esa imagen en mi memoria; susto y drama menor al que a esa misma edad pasé por culpa de un perro que arrancó un pedazo de la pantorrilla de mi pierna derecha. Hoy, una marca en forma de triángulo isósceles, lisa como una pista de hielo en medio de la vellosidad, recuerda el injerto de carne de dudosa procedencia.

A la escuela ingresé a mediados de 1976 tras cumplir seis años. Mi hermana de siete fue mi primera compañera de banco. En ese colegio, el 253, estuve hasta sexto básico, cuando un cambio de barrio me llevó a la pequeña y recién construida escuela Educadora Elena Contreras (nombre dado por el constructor del colegio para homenajear a su desconocida madre). Ahí cursé séptimo y octavo. En ese entonces, a los 12 años creo, un acontecimiento esencial, del que recuerdo en detalle gusto, tacto y olfato, adelantó su ocurrencia vital: perdí la virginidad en la entrepierna de una quinceañera vecina.

En 1982, a los trece, mi madre, ni pinochetista ni nada, consiguió casa propia en una nueva villa construida por la fundación que dirigía el esposo del dictador. La vivienda, de 70 metros cuadrados, de madera y con camas y muebles incluidos, era todo un lujo en un barrio popular en plena represión política.

A la enseñanza media ingresé a los 14 años. A los 16, cuando la palabra universidad no existía en la billetera y ni en léxico familiar, un oficio era el horizonte más cierto. Así, en tercero medio, ante la disyuntiva de la mecánica automotriz, la electrónica o la electricidad industrial me incliné por esta última, "iluminado" tal vez por el nombre de mi liceo: Benjamín Franklin. Durante tres años me sumergí en circuitos paralelos y en serie, motores monofásicos y trifásicos. A los 18, en 1987, terminé la secundaria. Pero ser obrero no era lo mío: eso me quedó muy claro ese año durante los tres meses que hice la práctica profesional en una fabrica de transformadores de electricidad. En ese periodo palpé de cerca las desigualdades sociales, las mismas que sentí cuando, algo más joven, ayudaba a mi padre garzón los domingos que trabajaba en un restaurante para ganar pesos extras.

El año 1988 debe ser uno de los principales en mi vida. Opté por algo difícil de imaginar en un ambiente de clase trabajadora: un periodo sabático. Claro que no tanto. Mientras pensaba en mi futuro, limpié autos, repartí correspondencia y las oficié de mozo. A fines de ese año di la prueba para ingresar a la universidad, y contrariamente a la lógica eléctrica, postulé para estudiar Licenciatura en Letras en la Universidad Austral en Valdivia, a 840 kilómetros al sur de Santiago. Me fui con muy poco en el bolsillo. Viví durante seis meses en un hogar estudiantil en una pieza para ocho, compartiendo baño con más de treinta como yo y pidiendo el 100 por ciento del crédito estatal para estudiar. Nunca leí tanta literatura del Siglo de Oro español, con tamaña profundidad y en tanto poco tiempo, como en esa época. Al final me di cuenta que, pasados los cinco años, lo más probable era que terminara como profesor. Renuncie. Volví a Santiago a mitad de año, decidido a rendir nuevamente el examen a la universidad, pero esta vez con la mente puesta en periodismo, también en Valdivia. A la primera, el puntaje no alcanzó: quedé en lista de espera y obligado a pelear un cupo en el llamado a viva voz durante febrero de 1990. Así, diciendo "aquí estoy" tras escuchar mi nombre, comenzó el pacto con el periodismo, que hoy en día me tiene frente a este computador en Punta Arenas, en el diario más austral de Chile, al que llegué, siguiendo los derroteros del amor, por primera vez en diciembre de 1993. Sin ningún contacto -"pituto" le llamamos en Chile-, pedí cita con el director. Le expliqué que necesitaba realizar la práctica profesional y me ofrecí para trabajar ese verano.

Analizó la propuesta un día y al siguiente, con su aprobación, partió la historia del resto de mi vida, que hoy me tiene casado hace 10 años, padre de dos hijos pequeños, con ocho kilos más a los de entonces (bien distribuidos en el 1,72 metro de estatura gracias al gimnasio diario) y algo menos de pelo en la cabeza, pero nunca tanto como el ausente en la pantorrilla.