lunes, junio 27, 2005

Dedicado a valorar las cosas que dan sentido a la vida

Por Verónica Guevara
Buenos Aires, Argentina
guve1975@hotmail.com

Luego de nueve complicados meses de embarazo, y con una melliza que me dejó sola, el 30 de mayo del ´75 nací en el Hospital Italiano.

Geminiana, rubia, regordeta y de cachetes rosados era la nena que tuvo en vilo a un barrio. No exagero, fui creciendo y conocí gente que era clienta de mamá modista, o “paciente” de papá enfermero, que me contaba lo querida que era mi familia en Caseros, y que todos sabían mi historia. Es que los buenos cimientos los colocó mi abuela, un Tesoro, como su nombre, la mujer que caminó calles de tierra para traer al mundo a muchos que ahora portan canas, mujer que tuvo de flanco a su féretro a un desconocido que no dejaba de llorar y que ante la mirada desconcertada de todos nosotros, levantó la cabeza y dijo sollozando: “Esta mujer me salvó la vida”.

A pesar del miedo de mis padres, no me “faltó” ninguna parte del cuerpo ni se vieron deterioradas mis capacidades (aunque ante el chiste fácil más de uno me ha dicho “y, tan normal no sos”).

Crecí, el pelo se me oscureció, la vista me condenó a diez años de lentes y los dientes no me quedaron muy derechos: “No mamá -supliqué- por favor, ¡no! Si uso lentes no me pongas los aparatos”, a lo que la Tana, comprensible, accedió.

En mi casa, nunca faltó nada. Jardín, primario y secundario privados, para mí eran algo habitual. Sólo cuando maduré comprendí el sacrificio de mis viejos: mi papá, jubilado desde los 27 años por una operación de columna que lo dejó rengo y un oficio que apenas le dejaba para comer, había conseguido media beca para mis estudios. Mi mamá, que estudió corte y confección en su pueblo y se perfeccionó en un curso que venía de regalo con la compra de una máquina de coser, vivía cantándome canzonetas. Fui feliz con lo que había, no recuerdo haber escuchado jamás: “no tenemos esto… no nos alcanza para lo otro…”

Claro que no tuve cosas: los dibujitos a color los miraba en la casa de mis abuelos, mi ropa nueva era la que me hacía mamá, no conocí el Ital Park, me llevaron pocas veces al cine, pero fui tan pero tan feliz.

Mis hermanos me regalaron seis sobrinos. Dos varones y una nena de Rosana, que cumple 40 en agosto: una morocha hermosa, buena madre, hermana y persona; y dos nenas y un varón de Carlos, el acuariano, que pisando los 45 mantiene intacta su cuota de inmadurez.

Tuve mi viaje a Bariloche, mis noviecitos, mis variados trabajos (desde heladera hasta administrativa), mi paso equivocado por la contaduría y finalmente mi título.

“La Rubia es Licenciada en Comunicación Social” decía orgulloso papá por donde iba, y una vez más el barrio se enteró de una de las mías. No era para menos, yo había cumplido el sueño su vida.

Tuve mis 15 minutos de fama en televisión y me enamoré de la radio, pero fue gracias a un profesor que descubrí mi vocación: la docencia. Hoy, a mis 30 años doy gracias por lo que soy, una profesional, con una familia hermosa y un solo sueño por cumplir: formar junto al ser que amo un hogar tan lindo como el que me vio crecer.