viernes, mayo 13, 2005

Yo y mi "maestro"

Por Alejandro Toro (Punta Arenas, Chile)
Taller de Redacción


En esta crónica, no lo niego, me anima un sentimiento de rabia. No deberíaser así, es cierto. Se supone que uno debe escribir con imparcialidad y,sobre todo, ajeno a rencores mezquinos. En esencia comparto esa posición,intransable en la mayoría de las informaciones periodísticas.

Sin embargo, me es imposible, en este caso, asumir dicha postura. Por lotanto, pido a quienes comenzaron a leer esta crónica ponerse en mi lugar,especialmente si han tenido una experiencia como la mía o, incluso, peor. O si lo prefieren, lean otra página. No me enojo.

El epicentro de este relato es ese personaje tan común en nuestra comunidad magallánica: "el maestro". Es decir, el jardinero, gásfiter, pintor,carpintero, electricista, incluso el mecánico.

Parto con la historia. A mediados de febrero encomendé la labor de recuperarel césped de mi casa a un "maestro" que garantizó, muy seguro y canchero,acompañado de un contingente de tres ayudantes, que en treinta días elterreno luciría como nuevo. Imaginé el green de una cancha de golf. Instalóuna malla negra en todo el patio, bajo la cual, creímos, yacía el resultadode una experta tarea. Al menos, con todo lo que dijo, eso era de suponer. Hizo muchas recomendaciones. Que el primer corte tenía que ser con tijeras;jamás con una maquina eléctrica. Y la principal: debíamos regar todos losdías. Pasó el mes y lo único que creció fue la cuenta del agua. Luego devarias llamadas telefónicas de reclamo volvió a echar tierra en el patio, sobre la que lanzó un poco más de semillas. La última vez que llegó a lacasa sus palabras fueron algo parecido a lo siguiente: "Aunque tenga quevenir durante meses, el pasto va a crecer". De eso han pasado más de tressemanas, no le he vuelto a ver la nariz y transcurrido dos meses y mediotodavía en mi patio el pasto no crece según lo prometido y, para peor, lopagado.

Sin relatar mi caso, le pregunté a varios amigos si alguno de ellos habíatenido una mala experiencia con un "maestro". No hubo que escarbar muchopara que surgieran relatos de todo tipo.

Uno de ellos me contó que un vecino suyo, recién llegado al barrio, contrató a una pareja de "maestros" para que construyera una reja exterior y pintarala casa por dentro y por fuera, además de otras "pegas" menores. Le cobraron por todo cerca de un millón de pesos. Parte del monto se los canceló vendiéndoles un auto ya entrado en años avaluado en 600 mil pesos y el resto en billetes. Hicieron el traspaso de la propiedad del vehículo y... manos a la obra. Sin embargo, de un día para otro los "maestros" se esfumaron, dejaron la reja y el pintado a medio terminar y a los nuevos vecinos con una gran mueca de indignación.

Otro amigo también me contó su "encuentro cercano del tercer tipo" con un"empapelador". Su idea era empapelar la caja escala, pasillo y un dormitoriodel segundo piso de su casa, además de pintar el cielo. El maestro pintor ledijo que se iba a hacer acompañar de un empapelador. Sin embargo, al pocorato de haber iniciado el trabajo, se dio cuenta de que el papel estabaquedando arrugado. Pero el drama no terminó ahí. El pintor, que no tenía elmás mínimo conocimiento de carpintería, no supo colocar las cornisas. "Tuvimos que llevar un carpintero para hacer el trabajo. Sólo en papel lapérdida fue superior a los cien mil pesos, sin contar la amargura quesignifica ver todos los días el trabajo mal realizado, hasta que me decidanuevamente a cambiar el papel".

Para lidiar con los "maestros" no hay recetas de manual. No obstante, creoque una buena salvaguarda es pedir que personas cercanas (amigos ofamiliares) nos recomienden a alguien que les haya realizado un trabajo, porsupuesto bien hecho. Y la medida extrema, impracticable en muchos casos por falta de conocimientos y tiempo, es desistir de contratar a un "maestro" yhacer las cosas... uno mismo.

Al finalizar debo decir que no todos los "maestros" son malos. Por supuesto.Hay algunos muy buenos y confiables. Es más, si alguien necesita un gásfiter o un electricista, le doy con gusto dos excelentes nombres y sus teléfonos.

Pero también, a los que quieran despejar la duda, puedo decirles quién fuemi jardinero, si por cosas del destino en una de esas se topan con él...

Alejandro tiene 35 años y es periodista.

E-mail: atoro@laprensaaustral.cl