viernes, mayo 27, 2005

Y marchan, todos marchan

Por María Emilia Schmuck (Santa Fe, Argentina)

Son miles, los hay por todos lados y de todas formas. A su vez son uno, en conjunto forman algo único e indivisible. Y marchan, todos marchan.

Sus rostros, fiel expresión de las más profundas de sus intenciones, dejan todo lo demás en segundo plano. Sus miradas, los gritos ahogados de sus ojos ásperos, hacen insignificantes a los árboles pelados, intrascendentes a los trapos escritos, prescindibles a las calles pobladas, inservibles a sus cuerpos con frío. ¿Cómo interesarse por otra cosa al verlos marchar? ¿Cómo poder ignorarlos al observar sus caras? ¿Cómo continuar con la propia rutina sin dejar de pensar en ellos? ¿Cómo seguir viviendo mientras ellos, simplemente, marchan a paso lento y seguro?


Barro, mucho barro aún húmedo, ensucia con dignidad cada una de sus delgadas extremidades. Sangre caliente, brotando suavemente de sus poros, decora de rojo el contorno de aquellos ojos que hablan, cantan y gritan. Y fuego, resultado de la furia que les produce lo que no tienen y quieren, los envuelve y protege de los que no los piensan ni aceptan, y los ayuda a seguir marchando, fieles a sus objetivos.

Inmersos en una espaciosa plaza que sin ellos es totalmente distinta, miran hacia arriba, se quejan hacia arriba. Llevan coloridas y tristes banderas y sencillos y rudos carteles que incorporan a sus cuerpos, atándolos a su espalda cansada o sosteniéndolos violentamente con sus manos. Y en esa unidad que conforman peleando por lo mismo, se distinguen jóvenes ancianos, maduros adultos y viejos niños; abuelos y abuelas, hombres y mujeres, chicos y chicas.

Hoy, como otros días grises, no viven, sólo buscan incansablemente lo que les hace falta, sólo luchan con ganas por lo que creen justo, sólo permanecen allí, firmes. Y cada uno de sus pasos afirma con entusiasmo sus ideas. Cuánto mejor sería esta cruda realidad si todos, además de necesitar, quisiéramos y pensáramos, actuáramos y marcháramos como ellos.