sábado, mayo 21, 2005

Unos ojos con nubes violetas

Por María Lilia Santía (Córdoba, Argentina)

Cuando una amiga me invitó a una exposición de pinturas en la que ella exhibía uno de sus cuadros en un salón de la Cultura Británica, cerca de Plaza España, no sabía que esa noche me iría a dormir sintiendo sobre mí unos ojos que me miraban entre nubes violetas.

Era septiembre de 2004. Comenzaban a brotar las primeras flores de la primavera. La ciudad empezaba a sacudirse los últimos vestigios del invierno. Cambiaba el ritmo de la gente al caminar.

Las luces de la calle se estaban encendiendo cuando, junto a otra amiga que me acompañó, llegamos al lugar.


Atravesamos un par de salones y justo al final de un pasillo se veía a un grupo de gente que murmuraba, se saludaba y observaba las pinturas cuidadosamente colgadas sobre las paredes.

Comencé a buscar a mi amiga pintora. Cuando por fin la divisé, detrás de otras personas, enseguida volví a perderla de vista. Se oían los saludos entre los invitados: “¿Qué tal?”; ¿cómo estás?”. Ya eran más de las ocho de la noche.

Personas jóvenes, otras no tanto y otras bastante mayores, estaban ahí reunidas. Los mozos iban de aquí para allá, levantando sus bandejas con copas servidas y sándwiches, atendiendo a los invitados.

Seguía sin poder dar con mi amiga, hasta que por suerte la ubiqué y pude saludarla. Lo primero que le pregunte fue: “¿Dónde esta tu cuadro?”. Y ella indicó dónde estaba ubicado. Demoré unos instantes y pude ver que en un rincón, un tanto lejos de los otros cuadros de figuras humanas y desnudos, se asomaba el rostro de una mujer con ojos de nubes violetas, que miraba hacia donde estábamos. Era una mujer como puede aparecer en sueños, una mujer irreal. Me quedé observándola unos minutos impactada por la imagen: rosas, blancos y lilas se fundían en su rostro. Pero, ¿qué miraba?...

Tal vez, ella miraba los demás cuadros, los desnudos delicadamente ubicados, los espacios vacíos o aquel tablero de ajedrez. ¿O miraba a todo ese grupo de personas que hablaba en el salón? ¿Era yo la que la miraba o ella me estaba mirando a mí?


Sus ojos reflejaban las nubes, pero su mirada iba más allá, penetrando hasta lo más profundo. Seguramente, los demás no se habían inmutado por esa mirada, pero reconozco que a mí me inquietaba.

Después, la gente fue mezclándose mientras la mirada se iba perdiendo a lo lejos hasta desaparecer. Por un momento me había transportado fuera del salón, abstraída por completo. Luego comencé a oír las voces de todos y me sentí ahí otra vez.

Nos fuimos despidiendo del resto de la gente y atravesamos nuevamente las otras salas hasta salir del edificio. Nos despedimos y fuimos hacia la puerta; adentro seguía el murmullo.

Afuera el silencio de la noche sólo era interrumpido por las bocinas de los autos y el ruido de sus motores. Luego nos confundimos en el tráfico. Esa noche, cuando cerré mis ojos, vi una y otra vez aquella mirada. No podía dejar de sentir unos ojos con nubes violetas que todavía me observaban.