viernes, mayo 27, 2005

Una foto familiar

Por Maria Lilia Santía (Córdoba, Argentina)

Un día de verano en las Sierras de Córdoba. En el jardín de aquella casa, que tanto disfrutábamos.

Parados aparecen Carolina, Paula y Juan, tres de mis sobrinos que tendrían entre siete y diez años de edad, en aquel momento.

También mi padre, agachándose para estar a la altura de ellos. Por último, yo, adelante, sentada como indio, sosteniendo de la cadena a mi perra, una Ovejero Alemán que está parada a mi lado.

Carolina y Paula son de pelo lacio. La primera morocha, la otra castaña, y Juan, muy rubio, con un corte de pelo al ras de la cabeza.

Mi padre muestra en su escaso pelo y en el bigote, canas que delatan sus años.

Los chicos están serios, tal vez porque tenían más ganas de ir a jugar que de posar para la foto A mi padre, en cambio, se le dibuja un gesto de alegría en su cara.

La perra y yo, atentas a la cámara.

Arriba, hacia la izquierda, aparece una rama de aguaribay, con sus finas hojas verdes. Ese árbol fue testigo, primero, de mis juegos en la niñez, y después, de la de mis sobrinos. Y quién sabe de cuántos chicos más.

Detrás de aquella alfombra verde de pasto, al fondo, aparecen el Lago San Roque y las sierras que lo enmarcan, ya desteñidos por el paso del tiempo. Esa vista es una de las más hermosas que tiene esa casa. Y diría, que de toda la zona, es la mejor.


En las tardes, solían verse los blancos veleros, cruzando el lago de uno a otro extremo, convirtiéndolo en todo un espectáculo.