viernes, mayo 27, 2005

Tokio

Por Tom Amans (Olivos, Provincia de Buenos Aires, Argentina)

Los rascacielos se amontonan con desidia. Las luces del amanecer le dan a Tokio una pretensión de pieza de arte. El gentío señala las arterias de la ciudad recubriéndolas con una alfombra uniforme de seres humanos. Su pelo negro hace pensar en la hora pico de una capital sudamericana. La paleta de colores que la componen habla de otra historia. De artistas perfeccionistas, obsesivos diríamos nosotros. Pinceladas de aluminio blanco y el ocre de vidrio polarizado sobre fondo de azul acero. Arriba, un cielo de celeste sofocado por la polución. Carteles publicitarios se alinean armónicamente como si fueran humorísticas señales de transito. Uno esperaría surgir unos muñecos de Lego para reemplazar a la gente en ese modelo de calle y de ciudad. Mirando más de cerca aparecen un par de personajes de historieta japonesa (manga) asomándose aquí y allá, en un cartel de restaurante o una publicidad incomprensible. Uno y otro se parecen llamativamente, un peluche indefinido entre un conejo y topo. ¿Se repetirá en el resto de la ciudad? ¿Qué celebridad o qué figura mítica representa para los japoneses? A la vuelta de la esquina hay un Mc Donalds con todo su porte Stalineano. Decididamente mirar de cerca es meterse en una fábula. Me hace pensar que en la era Tokugawa los ronin o samuráis desempleados vagaban por las rutas de Japón buscando algo que hacer para recuperar su honor. Hoy en día crece también la desocupación y la economía está en crisis, pero la obsesión de Tokio no se detiene. Los japoneses siguen siendo nostálgicos. Detrás de su preciosismo art-deco están aquellos valores trascendentes que defienden con la vida aunque sean un misterio insondable hasta para ellos mismos.