sábado, mayo 21, 2005

Terror en el oeste del Gran Buenos Aires

Por Verónica Guevara (Caseros, Provincia de Buenos Aires, Argentina)

Domingo frío y lluvioso, día especial para ir al cine a ver una película de terror.

Con la ayuda de un ticket de “dos por uno”, esos que vienen en las revistas de televisión por cable, fuimos con mi novio hasta el “lejano oeste”, destino final... Showcenter.

Sí, leyeron bien, con su último aliento todavía sigue en pie el coloso de Haedo. Aquel que abrió sus puertas en mayo de 1997 en un predio de más de 70.000 metros cuadrados. Con un multicine de 14 salas que dejaba en el olvido a los antiguos recintos de la calle Lavalle y una mezcla de shopping y parque de diversiones, uno disponía de un gran patio de comidas con todos los fast foods del mercado, un escenario para espectáculos gratuitos, un sitio dedicado a los niños y jóvenes con lo último en juegos electrónicos, varios locales con indumentaria de marca, dos subsuelos exclusivos para estacionamiento y un primer piso con un mini teatro y un bowling, que se transformaba en discoteca los sábados. Si se quería un poco más de intimidad, se podía elegir entre uno de sus cinco bares temáticos: un típico parador mexicano, un Diner de la década del ‘50, una cafería dedicada al cine, un bar-museo deportivo y una cervecería con radio en vivo.

¿Cómo estuvo la película? Linda, logró su objetivo, terminó la proyección y sentimos miedo. ¿Cómo salimos de Showcenter? También con miedo. Es que hace 4 años el megacentro de entretenimientos entró en convocatoria de acreedores y desde entonces todo fue cuesta abajo. Ahora se ingresa al lúgubre complejo por un pasillo, flanqueado por planchas de aglomerado, que finaliza en un espacio vacío rodeado de tres frentes: los cines, el pequeño y desolado Neverland Park y un cortinado azul de 10 metros de alto por casi 50 de ancho. Quizás detrás de esos misteriosos telones improvisados se encuentren los restos de un pasado que prometía prosperidad y más de 700 puestos de trabajo.

La idea de los grandes centros comerciales la heredamos de los norteamericanos, y fue justamente una empresa de esos pagos la que desembarcó en nuestro país en la década menemista. La National Amusement International, dueña de la Paramount Pictures. Blockbuster, MTV y Nickelodeon, se asoció a la constructora argentina Maccarone para poner en marcha un gran proyecto: construir tres shoppings (uno en Haedo, uno en Martínez y otro en la provincia de Córdoba). La empresa nacional venía de un fracaso, había quebrado Patio Bullrich luego de encabezar durante 10 años el podio de los centros comerciales más lujosos de la ciudad de Buenos Aires y tenía que invertir el capital que le quedaba en algo “seguro”. Así nació Showcenter. El primer año presentaba una rentabilidad favorable, pero en sólo dos años el consorcio binacional perdió el 70 por ciento del capital invertido. Desde entonces los acreedores fueron consumiendo uno a uno cada rincón del frustrado emprendimiento.

El estacionamiento es gratuito y tiene un solo nivel habilitado, funciona una sola escalera mecánica y están a disposición de los pocos visitantes un baño de caballeros y uno de damas. Son menos de 100 los empleados que sobrevivieron a la quiebra, el patio de comidas fue clausurado y ahora se puede comer un pancho en un carrito rodeado por unas pocas sillas y mesas.

Ya no hay colores estridentes ni personas inundando los negocios, en su lugar se ven cintas plásticas que indican por dónde uno puede transitar, esas que hacen recordar a las fajas policiales en la escena de algún crimen. Tampoco hay grupos de música presentando sus nuevos discos ni solistas queriendo salir del anonimato, el silencio que envuelve al gigante es aterrador.

Salimos del cine, subimos al auto y nos alejamos, la película pasó a un segundo plano y su lugar fue reemplazado por el recuerdo de los buenos momentos vividos durante la “belle epoque”: la salida con amigos, el punto de encuentro obligado, la gente que corría por conseguir una silla antes de un show, el susto que se llevó algún conocido en el Castillo del Terror, el día que hicimos chuza…