sábado, mayo 21, 2005

Oficina pública

Por Jimena Riveros (Buenos Aires, Argentina)

Día a día llego a mi lugar de trabajo. Lugar donde paso siete horas diarias a las que les sumo las dos horas que tengo de viaje entre ida y vuelta a casa, ya que la oficina queda a pocas cuadras de Plaza de Mayo y mi guarida en el barrio porteño de Villa del Parque. Entro en el edificio y ficho casi por inercia, le doy los buenos días al personal de seguridad y espero que el ascensor me deje en el piso once. Al salir, me encuentro con la sonrisa de la recepcionista del piso y me aventuro a comenzar una nueva jornada laboral que comenzará una vez que atraviese la puerta.

El edificio tiene doce pisos, en cada uno funcionan varias gerencias y departamentos, cada uno con roles y funciones definidos; yo trabajo en la gerencia de Relaciones Institucionales. En definitiva, es un edificio lleno de oficinas con sus respectivos escritorios, expedientes por todos lados, dispensers de agua, las súper solicitadas maquinas de café, las recepcionistas en cada piso, y los carteles puestos por todos lados (efecto Cromagnon) con las posibles salidas de emergencia que, para sorpresa del que se detiene a leerlos, contempla como salida opcional las ventanas (¿?).


Al dejar atrás el pasillo me encuentro con el saludo de uno, cuando mucho dos, de mis catorce compañeros, ya que están muy inmersos en sus asuntos como para brindar un “buenos días”, hasta que llego a mi escritorio y veo a María, quien me espera cada mañana con una cálida bienvenida. Lleva veinticinco años trabajando ahí (pasando-la por diferentes oficinas) y contrariamente a la mayoría , no falta nunca y muchas veces hace mas de lo que a sus tareas compete. Un setenta por ciento del resto, responde casi perfectamente al personaje que interpretaba Gasalla de la empleada pública. Si esto no estorbara el trabajo de quienes sí quieren dar un aporte no sería tan terrible. Pero lo hacen. No es raro que mientras María esta elaborando varias notas y yo estoy rastreando algunos expedientes, y los teléfonos no paran de sonar (en esos momentos nos debemos ver como esa figura hindú que tiene varias manos) llegue a nuestros oídos el insoportable sonido del no compañerismo, que llega a través de Pamela diciendo: “¡Pero, viste el cuerpo que tiene fulana, para mí que no es el de ella el que apareció anoche!”; o Cynthia proyectando su nuevo viaje: “Yo, me parece que este año me voy a Italia...”; o César con sus preguntas existenciales: “¿Alguien vio qué capitulo dieron ayer de los Simpsons?”.

Es lógico, ¿cómo ante semejante profundidad se van a percatar de que nosotras estamos por colapsar, y que nos evitarían un dolor de cabeza si atendieran los teléfonos al menos por diez minutos? Lejos ellos de ofrecer algo que ayude a hacer más amenos esos momentos siguen, entre risas, haciendo un poco mas difícil nuestra concentración; pero los días no son todos iguales. Paradójicamente, los que tienen un nivel de adrenalina más bajo se me hacen eternos. Es un suplicio abandonar mi casita, dejar a mis hijos en sus respectivos jardines para irme al microcentro a hacer “de cuenta” que trabajo.

Al cierre de mi día le hago un resumen de los sucesos al gerente (que dicho sea de paso es mi superior inmediato), de los respectivos llamados recibidos, de la notas que esperan su firma. Apago la PC, guardo mis cuadernos, vacío el cenicero, que si fue un día agitado fue ya vaciado varias veces, y contenta de volver con los míos, les dirijo un “¡hasta mañana a todos!”, subo al ascensor, bajo los once pisos, ficho, saludo al personal de seguridad y me dirijo hacia la parada de colectivo que me devuelve al país de nunca jamás.