jueves, mayo 12, 2005

Oficina pública

Por Jimena Riveros (Buenos Aires, Argentina)
Taller de Redacción

Día a día llego a mi lugar de trabajo. Lugar donde paso 7 horas diarias a las que les sumo las 2 horas que tengo de viaje entre ida y vuelta a casa. Entro al edificio y ficho casi por inercia, le doy los buenos días al personal de seguridad y espero que el ascensor me deje en el piso 11. Por lo general llego entusiasta y predispuesta a tener un buen día, pero muchas veces esto se ve atentado por empleados que amenazan contra cualquiera que quiera hacer algo medianamente bien.

Sí. Esa es mi realidad laboral. Un edificio lleno de oficinas, cada una con sus respectivos escritorios y personas muy dispuestas a calentar las sillas, expedientes por todos lados, dispensers de agua, las súper solicitadas maquinas de café, las recepcionistas en cada piso, y los carteles puestos por todos lados (“efecto Cromagnon”) con las posibles salidas de emergencia que, para sorpresa del que se detiene a leerlos, contempla como salida opcional las ventanas (¿?).

Hace un año que trabajo en esas oficinas. Felizmente mi jefe es un ser que pareciera poco tiene que ver con el resto de la institución, mi compañera es otro ser especial: lleva 25 años trabajando ahí (la hicieron pasar por diferentes oficinas) y contrariamente a la mayoría, labura, no falta nunca, y muchas veces hace mas de lo que a sus tareas compete. Me animo a decir que en un 70 por ciento, el resto responde casi perfectamente al personaje que interpretaba Gasalla de la empleada pública. Si esto no estorbara el trabajo de quienes sí quieren dar un aporte no sería tan terrible. Pero lo hacen. Y quienes intentamos hacer las cosas mejor terminamos haciendo el laburo de otros y por supuesto quedamos expuestos a los viejos dinosaurios que ven estas actitudes como amenazas directas hacia vaya uno a saber qué cosa. Hay un olor muy fuerte a injusticia, esto lo huelo al menos en la oficina donde yo paso mis días.

Se puede describir como en un cuento para niños, están los buenos y los malos y los que van donde según el día les convenga. Los malos son los que cuentan con el mejor espacio físico. Son los que cuando una está tapadísima de papeles, y los teléfonos no paran de sonar y el de seguridad de PB te dice que alguien que no conocés te esta esperando, ellos se están muriendo de risa, hablando sobre la vida de alguien que vieron por TV, o comentando el emocionante capitulo de alguna serie. Lejos ellos de ofrecer algo que ayude a no colapsar, y a hacer mas amenos esos momentos; que por cierto siempre pasan, nunca duran tanto como uno cree. Pero igual duele.

El individualismo al menos en la administración pública sigue a la vanguardia. No obstante este panorama poco optimista debo reconocer que hay un cambio que se está gestando. Poquito a poco vamos ocupando lugar los que pensamos que el cambio siempre es posible, que las cosas se pueden hacer mejor, que las cosas se tienen que hacer mejor.

Estos empleados no tienen en cuenta que corren con mucha mejor suerte que la mayoría de los argentinos, ya que trabajan en blanco, tienen acceso a obra social, su jornada laboral es de 40 horas semanales, no duermen con el fantasma del despido. Están, mejor dicho, estamos, en una situación casi privilegiada si tomamos en cuenta la realidad de un pueblo con un importante índice de desocupación, con otro índice no menos llamativo de subocupación. Y ni hablar del rol social que ocupamos. Trabajamos para un sector de la sociedad muy vulnerable que mínimamente necesita que los expedientes sean vistos como personas y a partir de ahí darle la gravedad correspondiente.

Yo insisto: el cambio es posible.

Jimena tiene 24 años y es empleada.

E-mail: laluna_india@yahoo.com.ar