viernes, mayo 27, 2005

Más allá de las vías

Por Verónica Guevara (Caseros, Provincia de Buenos Aires, Argentina)

Una, dos, setenta, ciento cuarenta, más de trescientas. Muchas.

Casas precarias que integran un asentamiento. Algunas son de ladrillo hueco, otras tienen paredes de chapa o cartón. Las calles internas se adivinan luego de una minuciosa observación.

La cantidad de techos casi iguala en número a las ventanas del “rulero”, el edificio circular, color blanco, de Sevel que se ve a lo lejos. Ubicado de forma estratégica en el centro de la postal edilicia que dibuja el contorno de la típica imagen porteña.

El conglomerado de pobreza es enorme y ocupa más de la mitad de la fotografía. Y sus límites exceden el plano de la toma. Ocho árboles exhaustos brindan un poco de oxígeno al barrio.

Más arriba, las vías del ferrocarril, atravesadas por el avance del hombre: la autopista. Avance que contribuye a mejorar el flujo del tránsito entre el Gran Buenos Aires y el microcentro, pero que a la vez aísla más a ese rincón miserable, sorteándolo por encima de manera caprichosa. Como cuando se salta un charco para no ensuciarse.

La vista panorámica es rematada por muchos edificios respaldados por el cian del cielo, con unas pocas y débiles nubes.

Da la impresión de ser la escalera de anhelos de un pobre. Nacer en la miseria sin elegirlo, crecer queriendo salir de ahí, conseguir un trabajo de maquinista en el ferrocarril, ascender a jefe, mudarse, comprar un auto para llegar a su oficina en algún edificio lujoso y atravesar su esquivo pasado de soslayo.

Llegar finalmente más allá de las vías y sentarse en su cómodo sillón a admirar ese cielo que le mezquinaron los gigantes de cemento durante toda su vida.

Pero la imagen es clara. No por nada es invadida casi en su totalidad por los techos de chapa y los montículos de basura.

Los edificios se ven lejos, muy lejos.

En realidad la bóveda celeste resulta inalcanzable.