viernes, mayo 27, 2005

Mi padre en blanco y negro

Por Raúl Chami (Córdoba, Argentina)

¡Cuántos matices brinda una foto en blanco y negro!, entremezclándose los blancos, grises, negros, que con tantas combinaciones muchos acuerdan que con esta técnica la transmisión de emociones es más intensa que con las de colores.

Se aprecia ésta, obtenida en una sala de transmisión radial de una emisora y la primera impresión es solemne, con una alta pared tapizada con cortinas, otra con una ventana común con persianas cerradas, pisos de madera y su contenido que comienza con un micrófono de pie y otro “en jirafa” y continúa con otros elementos que forman una armoniosa composición. Comenzando desde la izquierda, parados y algo perfilados, el violinista en plena ejecución enfrentado al micrófono y el que casi seguro es el locutor en expectante actitud con la boca cerrada observando su libreto apoyado en un atril tan alto como el micrófono. Un piano de cola sin ejecutante separa el cortinado de lo demás y al lado de él un ejecutante de la pandereta siguiendo con sus labios la letra o el compás.

Completa este semicírculo imaginario, bien a la derecha de la foto, otro percusionista sentado con las piernas cruzadas sostenido el durbake o darbuka, tamborcito alargado realizado en barro o en metal, según su origen, con un trozo bien tenso de piel de pescado o de cordero donde se percute. Sus manos batiéndolo dan ritmo a la imagen.

En el centro de la imagen, dos músicos, a la izquierda un bonachón calvo ejecutando concentrado el kanún, cítara oriental, cuyas cuerdas vibran con los plectros, esas uñas metálicas que se colocan en ambos índices. Y dominando la escena, el cantor y laudista de imponente figura, alto, cuyas facciones indican en ese momento notas agudas, la boca entreabierta, las manos acariciando esa exquisitez instrumental, el pie izquierdo marcando el ritmo.

Todo es elegante, rítmico, con una solemnidad... casi seguro que le están cantando al amor o a la tierra.

He intentado escribir en tercera persona, robando tiempo al tiempo, pero el del durbake me tuvo en sus brazos, el del kanún grabó a fuego mi embelesamiento por ese instrumento y la figura imponente con voz colosal, mi padre, que como dice Edmundo Rivero, me “musicó” la vida.

(Período probable de la foto: 1940/44, en una emisora radial de Santiago de Chile.)