sábado, mayo 21, 2005

Mi Juan Arancio, nada rancio

María Emilia Schmuck (Santa Fe, Argentina)

“Lenguaje artístico y comunicacional” es el nombre de una de las tantas asignaturas que me competen por ser alumna del colegio Nuestra Señora del Calvario. En este espacio curricular -o como se lo deba llamar- opera una personita de escasa altura y chillona voz que, con extrema periodicidad, nos encomienda trabajos prácticos capaces de arruinar con estilo cualquiera de nuestros anhelados fines de semana. Esta vez se trataba de una investigación sobre la vida y obra de determinado pintor local. Que triste que mi pensamiento adolescente haya relacionado inmediatamente el término pintor con las palabras museo y aburrimiento. Pero que alegre que, finalmente, y gracias a la persona que pude conocer realizando el trabajo, hoy eso no sea tan así.

Siendo no tan grande mi Santa Fe, y por lógica consecuencia no tan inusuales en ella las casualidades, el pintor que me fue asignado -Juan Arancio- firmaba un cuadro que colgaba de mi casa, una imagen que muchas veces había mirado, pero muy pocas visto. Blanco y negro: fondo blanco y líneas negras que delimitan, casi como sin querer, un perro de ojos alegres pero mirada triste y un nene que llora, aunque no llore. El paisaje isleño detrás, imagen característica de mi ciudad, baila al compás del viento, ese mismo viento que hace volar las orejas del perro y modifica las vestiduras del niño.

Recuerdo que me asombró encontrar en la imagen una dedicatoria del desconocido pintor hacia mi abuelo, y mayor fue mi sorpresa al enterarme de que ambos habían mantenido una estrecha relación laboral siendo jóvenes. Mucho pareció tener mi abuelo para contar acerca de esta persona humilde por naturaleza y comprometida por vocación. Gracias a eso, pude armarme una idea bastante completa del pintor y, sintiéndolo un poco menos ajeno a mí, entusiasmarme un poco con el trabajo.

Mi siguiente destino fue la guía de teléfonos. Sí, ese libro tan inútil como útil que contiene las direcciones y los teléfonos de todas las personas que viven en una ciudad. Perdón, de todas las personas que viven en una ciudad y tienen dirección y teléfono, que no es lo mismo. Juan tenía, como yo, la suerte de figurar en ella y su calle y su barrio, por resultarme conocidos y al mismo tiempo desconocidos, quedaron sonando en mi cabeza. Posteriormente, recordé que aquella zona era una de las tantas invadidas por el río Salado hace ya dos años, e intenté, recurriendo a diarios de aquellos días, saber qué había pasado con él en ese entonces.

Así, supe que el gran pintor, a pesar de tener que vivir en el techo de su casa inundada por más de una semana y perder para siempre muchas de sus producciones, lució por aquellos días sus jóvenes 74 años. Demostró su capacidad y sus ganas de continuar reproduciendo situaciones de nuestro entorno santafecino más allá de los obstáculos.


Internet y algún que otro museo de la zona me ayudaron a completar la investigación y plasmarla en un informe que fue aprobado con una muy buena nota. Sin embargo, me pregunto cuánto mejor hubiese sido haberlo llamado o buscado para que él mismo me hablara su vida y obra, permitiéndome sacar mis propias conclusiones y pudiendo así descartar las de terceros. Pero esa timidez que tantas veces me caracteriza, y tantas otras no tiene nada que ver conmigo, y tal vez ese temor a enfrentarme a alguien tan grande sintiéndome tan chica, me imposibilitaron conocerlo. Al menos por ahora.