jueves, mayo 12, 2005

Mi Juan Arancio, nada rancio

Por María Emilia Schmuck (Santa Fe, Argentina)
Taller de Redacción


Crecí en una casa de la que siempre colgó un cuadro. Nunca me había preguntado mucho acerca de él, ya que siempre estuvo ahí, simplemente colgado. Blanco y negro: fondo blanco y líneas negras de escaso grosor que delimitan, casi como sin querer, un perro de ojos alegres pero mirada triste. A su lado, un nene que me quiere hablar y llora, aunque no llore. El paisaje isleño detrás, baila al compás del viento, ese mismo viento que hace volar las orejas del perro y modifica las vestiduras del niño. Un retrato de una realidad muy real, muy isleña y muy dura, una imagen que podría reconocer en cualquier lado, un nene que quiere ser mi amigo, un perro con hermanos gemelos en toda mi ciudad, un cuadro que muchas veces miré, pero pocas vi.

Por esas casualidades típicas de mi Santa Fe, o mejor dicho, por esas causalidades de vivir en una ciudad que a veces parece muy chica, el pintor local que debía ser el protagonista de mi trabajo práctico, era el mismo que había firmado el cuadro sin color que seguía colgado de mi vida sin que yo me diera cuenta. Así lo ordenó la particular personita de escasa altura y chillona voz que los martes a la mañana se convierte en mi profesora de “Lenguaje Artístico y Comunicacional”, asignatura que sin hacer honor a su nombre, sólo apunta a la adquisición de ciertos conocimientos sobre algunos movimientos artísticos de épocas pasadas, muy pasadas.

Ojalá no sea tan plomo este viejo, pensé. Juan Arancio era el nombre de la persona a quién debía dedicar mi fin de semana. Sin otro remedio entonces, busqué, encontré, leí, pensé sobre Juan, cambié. Y al rato me sentí prejuiciosa, ignorante, ingenua, y porque no, estúpida. Entonces miré por enésima vez mi cuadro, y esta vez lo vi: entendí al perro, el nene me habló y el paisaje, que se seguía moviendo junto al viento, fue mucho más que una isla para mí.

Gran vida la de Juan, con importantes obstáculos y significativos logros. Bien santafecino, dedica la última parte de su vida a reproducir situaciones de su entorno a través de la pintura, adhiriéndole al trozo de papel ese sonido y olor que sólo él puede lograr. Y digo bien santafecino porque vivió todo lo que los santafecinos vivimos, y él, como tantos otros, bien de cerca. Su mayo de 2003 fue húmedo, frío, nostálgico e inolvidable, luego de que el agua del río Salado invadiera sorpresivamente su casa, lo obligara a vivir en el techo por más de una semana junto a sus vecinos, y terminara para siempre con algunas de sus producciones. Seguramente, esas imágenes están alojadas dentro suyo para, cuando a él le den ganas, ser transformadas en otro algo con niños y perros.

Juan Arancio resultó ser uno de los hombres que más deberíamos admirar los santafecinos, una de esas personas en extinción de las que hay que apurarse a aprender todo antes de que nos dejen. Buen pintor, inteligente, humilde, profundo, comprometido humilde, optimista, hermano, humilde, cálido, sano, humilde. Un gran poeta cuyos versos son líneas negras, cuyo mensaje se encarna en ojos de perro y cuya esperanza tiene forma de niño.

Y ahora, un cuadro que es mucho más que eso en mi casa, y en mí un aumento del interés por lo que suele haber dentro de los marcos de madera y una necesidad de saber de la existencia de un grande y hacerla conocer.

María Emilia tiene 17 años y cursa el último año del Polimodal.
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