viernes, mayo 13, 2005

Luracatao: hilando una nueva trama

Por Ana Herrera (Salta, Argentina)

Un nuevo viaje al valle. Otra vez la Cuesta del Obispo, sus curvas (y su esmero para que cabeza y estómago giren en sentido contrario), la recta de Tin Tin, Los Colorados y Seclantás. Parada obligada para llenar el termo con agua caliente. Esta vez teníamos que visitar los grupos del departamento Molinos.

Las curvas del camino nos acompañaron hasta finca Luracatao. Varias reuniones con campesinos nos esperaban. En Cuchiyaco, Cabrería, una tras otra, hasta el anochecer. La gente de Buena Esperanza habló de sus gallineros, de cómo ahora podrían hacer el alimento balanceado en el molino recién estrenado.

Contaron que ya no tendrían que pagar a José Dhont. Los artesanos en La Puerta trajeron nuevamente ese nombre a nuestros oídos. Con el proyecto de apoyo a la comercialización, ellos buscan nuevas formas de vender sus tejidos, y aunque algunos le siguen vendiendo a Dhont, ahora los artesanos son los que fijan el precio y cobran en dinero. Ya no el 30 por ciento en mercadería a precios 3 veces más que en cualquier despensa.

Seguimos hasta donde termina el camino. Recorrer con la mirada esos cerros, nos transportó a un pasado (y presente) lleno de saberes ancestrales, de maíz y arcilla, de manos que trabajan la tierra respetándola como su madre, su pachamama. Piedras amontonadas, descubrían antiguos corrales y andenes de cultivo, tapizando las laderas junto a los cardones. La gentede Alumbre nos esperaba. Y con gran humildad, casi rayando en la baja autoestima, nos mostraron, cerro arriba, una de las 11 cisternas que construyeron para almacenar agua de vertiente conduciéndola cientos demetros por cañerías enterradas hasta las casas. Las mujeres ya no tienen que acarrear agua turbia del río para tomar. Alguien contó que José Dhont les reclamó a “los inginieros”; porqué a él no le instalaban el agua (cuando él desde hace mucho tiempo posee agua y no la comparte con nadie...)

Nos quedaban dos reuniones más. Pero también quedó un tiempito para hacer nada. “¿Y si conocemos La Sala?”, propuse. Quería ver si ese lugar transmitía opresión y autoritarismo. Quería ver si podía entender por qué un viejo administrador de la finca llamado José Dhont tenía hoy tanto poder. Quería ver dónde habían vivido los Isasmendi y luego sus herederos Patrón Costas a principios del siglo pasado. Quería ver algún signo que explique porqué un puñado de hombres podía tener bajo sus pies a cientos de familias haciéndolas trabajar hasta la muerte en los ingenios azucareros sin pagarles salarios y sólo, como un gran avance (en el gobierno de Perón, 1952), pagar migajas cuando antes se les daba azúcar y galletas.

Quería ver, en definitiva, el símbolo de este “criadero de hombres”, como se denominó a la operación de algunos terratenientes al adquirir grandes propiedades en los valles calchaquíes y arrendar otras, sólo para obtener braceros para el ingenio. Nuestra estadía en La Sala fue corta. Sentadas cual duendes en la pirca de afuera, disfrutamos del otoño en el dorado de los álamos carolinos, centenarios, gigantes. Uno de los capataces, flanqueado por dos perros policía, apareció de la nada y preguntó si éramos familiares de López Lecube (actual dueño). Con nuestra mejor sonrisa dijimos que no. Nos fuimos anuestras reuniones. Pensé que La Sala era bonita, sencilla, desierta. Que el poder feudal no tenía la forma de un edificio, ni de perros, pero sus hilosinvisibles habían tejido una trama enredando cerros, agua, gente, tierra, rostros, palabras.

Pensé también, que después de la expropiación de esas tierras, miles de manos campesinas y artesanas, están hilando pacientemente los hilos de una nueva trama, sin miedo, donde la tierra, el agua, el maíz, la arcilla, la gente, los antiguos, se reunirán en un nuevo ritual para celebrar la vida.

Ana tiene 37 años y es ingeniera agrónoma.
E-mail:
delamontania@yahoo.com.ar