sábado, mayo 21, 2005

Los recuerdos nuestros de cada día

Por Guadalupe Gómez (Buenos Aires, Argentina)

“Pregunten por Doña Aura, la dueña de la bomba, que cualquiera le va a informar dónde vivo”, fue lo último que nos dijo por teléfono la mujer, animada por el entusiasmo de conocernos personalmente y agasajarnos con uno de los platos típicos del Caribe: arroz de camarones.

A las nueve de la mañana llegábamos a destino: Cienaga. Bocinas, ruidos de motores, vendedores ambulantes, acordes de salsa y ballenato, multitudes apresuradas que iban y venían esquivándose por el centro de la ciudad, no hacían pensar en el despertar de la mañana. Al igual que en todas las poblaciones de la costa, la jornada comienza cuando el sol despunta, así que a esa hora el movimiento ya era intenso. Al mediodía el calor obliga a sus habitantes a abandonar los compromisos y recluirse en alguno de los pocos lugares frescos que encuentren.

Doña Aura y don Jacinto, dos octogenarios nativos de Ciénaga, nos esperaban para almorzar. Lucían abatidos. Quizás por los años, los problemas de salud o la soledad. Sin embargo, cuando descendimos del auto nos recibieron como si fuésemos portadores de la fórmula de la felicidad. Llevábamos noticias de su hija que vive en Argentina y a la que no ven desde principio del nuevo siglo.

Nos invitaron a pasar. Era una casa muy antigua, construida a mediados de 1920 para albergar a una familia de diez miembros. Las paredes grises estaban desteñidas, con la pintura saltada y marcadas por las filtraciones de agua. El color sepia de las fotos y las manchas de humedad de los paspartús entristecían aún más el ambiente. Además, la mayoría de los protagonistas de los retratos eran personas que ya no existían. Daba la impresión de que el tiempo se hubiera detenido hace mucho.

Debajo de un potente ventilador de techo que aliviaba el agobio, en una galería exterior, nos sentamos en cuatro sillas mecedoras. Las frases comenzaron a hilvanarse unas con otras. Nos contaron historias del lugar, de lo que había sido y ya no es, de los personajes que visitaron la región, de su familia y, sobre todo, de sus épocas de niños. Mientras tanto, yo imaginaba que se trataba de imágenes escapadas de relatos del realismo mágico.

No había nada que envidiarle. Hasta el patio donde estábamos podía haber sido el escenario de cualquier novela digna de ese género.

La pujanza del pasado se colaba por cada rincón. Una casa de enormes dimensiones –seis cuartos en pleno centro de la ciudad, a dos cuadras de la playa- con muebles señoriales importados de Europa y un extenso jardín en el que sólo quedaban tres plantas de mango y la piscina vacía y descolorida, mantenían viva la memoria de otras épocas.

De repente, Aura rompió la solemnidad y confesó: “Mis siete hermanos y yo fuimos a la escuela. Las mujeres, que éramos tres, no pudimos seguir estudiando pero los hombres fueron a la universidad. Es más, yo fui al jardín de infantes con Gabriel García Márquez. En ese momento en Ciénaga no había posibilidades así que me tocó ir a Aracataca”.

No podíamos creer tal revelación. La emoción me desbordaba. Necesitaba que me contara más. “Mucho no me acuerdo. Yo tenía cuatro años -aclaraba ante mis ruegos de que me alimentara con más anécdotas-, pero fui al jardín con el escritor. Fue hace tanto...”.

Jacinto se levantó con mucha dificultad y arrastrando sus sandalias volvió con una imagen antigua, borrosa, en blanco y negro y casi ilegible. Era una foto de esos días de la infancia. El rostro del poeta estaba lustrado, como si le hubiesen pasado muchas veces el dedo.

Entonces, nada parecía interesarle demasiado al matrimonio, sólo lo importante: la relación olvidaba con el premio Nóbel.