viernes, mayo 27, 2005

Jeff Weise, el de la masacre del Lago Colorado

Por Ernesto Rosenberg (Villa La Angostura)

A menudo lo encontraban parado cerca del colegio, mirando a ninguna parte, como si las cosas del mundo solo resbalaran sin quedarse por el color tan aguado de sus ojos. Igual que los estudiantes y los profesores, que pasaban a su lado, sin quedarse ni en su mirada.

Tal vez la corpulencia fofa de sus 1,90 de estatura, sus botas negras y su cara tan pálida no animaban a llamar la atención del grandote. Tampoco sus ropas negras y los adornos acerados de los costados habrán inspirado demasiadas cordialidades. Claro que esa manera de colgar a los lados las grandes manos como pájaros caídos, y ese llevar el cogote un tanto oblicuo y agachado subvertían la amenazan de su imagen de gigantón solitario.

Porque lo que más impresionaba era su expresión de muchachito perdido. Perdido en un cuerpo excesivo, perdido en una infancia de abandono apenas rescatada por sus abuelos, perdido en un presente sin identidad por más que bregaba por ser un nazi piel roja, perdido en él sin futuro desteñido de todos los de la reducción ahí en Lago Colorado. La fotografía lo expone “rechiflao en su tristeza”. Con su cara de luna llena, su gesto de estar insertado apenas oblicuo en la vida.

Algunos culpan al Prozac con que lo empastillaron para deshilachar su tristeza, de haberle alzado el voltaje y provisto el impulso que lo llevó a matar a sus abuelos, a sus compañeros de curso y finalmente a sí mismo. Puede ser. Otros dicen que fue la falta de horizontes, que aqueja en especial a las comunidades de originarios en sus reclusorios abiertos, las reducciones como la suya; que de recuperar los sentidos de su cultura, otro gallo cantaría.

Pero si uno se fija, fue cuando al fin la tristeza le quitó el color. El de la cara, y el de la mirada, y también el de todo mañana. Los únicos colores restantes: su negro ropaje de pretendido nazi piel roja, el de su rincón del Lago Colorado, y su Prozac para teñir lo vivido, ya no alcanzaron. Jeff Weise se llamaba el pálido piel roja de 16 años, el perdido.