viernes, mayo 13, 2005

Gambatesa, en busca de mi otra mitad

Por Verónica Guevara (Caseros, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
Taller de Redacción


¡Es ella! Sentenció. ¡Ahí esta!

Pero… Saludó a otro, quizás me equivoque, habrá pensado. Pero…

Y fui directo hacia un joven bien parecido que lucía mi nombre en un cartel a la altura de su pecho.

-Hola, que tal. Yo soy Verónica.

-Bien -ansioso- ¿cómo estuvo el viaje?

-Tranquilo, gracias. Bueno, esto es para vos -dije presurosa-, Andrés te envía muchos cariños. Hablas muy bien el castellano, por cierto…

No sé que siguió después. No le presté atención. Me dio un CD y una carta para mi alumno enamorado y nos despedimos.

Giré sobre mí, y como pasa en las películas, la gente abrió un sendero entre nuestros ojos y nuestras miradas se encontraron.

Era ella, habrá dicho para sí, estaba en lo cierto.

¡Cuggino! Balbuceé. Y sin mediar más palabras nos unimos en un abrazo anhelado. Lloré.

Era todo nuevo, un país, una metrópolis; me encontraba rodeada de ventanales, maletas, personas que quizás nunca más volvería a ver, diálogos que no me detuve a oír. Y mi primo. El primero que conocía, "il primo". Una vez reconocidos, emprendimos la ida hacia la casa de mis tíos. No la casa de unos tíos cualquiera, sino el hogar en donde había nacido y crecido mi madre.

Fiumiccino es uno de los dos aeropuertos internacionales más importantes de la península a los que se arriba desde occidente. Muy moderno y con tecnología de avanzada, tiene una organización digna de ser imitada. Cuando bajé del avión caminé varios metros, descubrí laberintos repletos de carteles indicadores para el turista y viaje en un tren eléctrico de un solo vagón hasta la zona de arribos. Llegué al sector de la aduana y noté que no era malo el trato con los argentinos como me lo hicieron creer acá. Había mucha gente, de casi todas las etnias. Los menos favorecidos eran los que "portaban rostro". Hombres, mujeres y niños de rasgos arábicos a los que les vaciaban las valijas sin ningún tipo de cuidado, mientras ellos resignados a su condición de "potenciales terroristas" miraban de reojo con la cabeza gacha, como la expresión de una mascota cuando uno le llama la atención porque rompió un par de medias.

Hablamos poco, él sabía que yo sólo sospechaba el idioma. Salimos al hall vidriado y cruzamos la avenida a través de un florido boulevard que anunciaba la llegada del verano europeo. El estacionamiento era sombrío, mantenía una temperatura promedio de por lo menos 5 grados menor a los sitios que lo circundaban. En el cuarto de los diez pisos estaba el automóvil de Peppino.

Durante el viaje de casi dos horas que me separaban de la región de Molise, llamaron al celular otros dos primos. Querían tener un perfil completo de la pariente argentina antes de verla. Pero Giuseppe, muy correcto al volante, decía pocas palabras y colgaba.

Una detrás de otra se sucedían las colinas y los sembradíos a medida que nos alejábamos de Roma por la autopista.

Seguíamos en silencio, ese que pronuncia palabras que sólo el alma puede oír. Hablamos sin hablar de lo feliz que era ese momento. Le contaba sin contar de cómo lloró mi madre, de los que volaron conmigo sin volar...

Me quedé dormida. Desperté y aún estábamos en viaje, pero más cerca.

Era de noche. El paisaje cambió y coronaba a cada colina con un puñado de casas con luces blancas y amarillas. Así es como cada pueblo destaca orgulloso antiguos palacios, castillos e iglesias, heredados de la Edad Media.

Vi un cartel con una palabra que conocía, Gambatesa. Faltaba menos. Doblamos, giramos, subimos, bajamos.

Llegamos.

Sentí a mi mitad vacía llenarse de repente.

Estaba en casa.

Verónica tiene 29 años y es empleada.
E-mail:
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