viernes, mayo 27, 2005

Fotografía martram

Por Itzela Sosa (Cuernavaca, México)

Está recién atardecido. Al fondo el mar, encendido en cien mil tonos, enrojecido, como un espejo, un calidoscopio interminable. Tiene el color preciso de los rituales de generación de los ciclos. La tierra aún no se vislumbra, seguro queda lejos. La vida está ahí, se presiente su pulso fluyendo en cada movimiento del velero. En el timón hay un hombre, profundo, morocho. Lleva una remera colorida, su chaleco gris (el favorito), el cabello un poco largo, removido, acariciado. Una barba oscura deja entrever unos labios húmedos, perfectos. Pareciera que el mar lo está besando, él disfruta de su entrega. Una cámara o quizás un ojo de dios de los huicholes pende de su pecho. Se le notan en el rostro y en el cuerpo los días de travesía, las horas navegadas, toda la sal que le ha entregado el viento. Sus brazos se abren para recibirlo todo, para entregarlo todo para sostener la sucesión del tiempo, ese mismo horizonte en el que ahora navega. Entre sus brazos el tiempo es solo un eco, el martram primigenio del que todos provenimos, esa partitura inacabable, en perpetuo movimiento, esa respiración y canto de los dioses. En su mirada ámbar suceden las explosiones de ese sol que ya hace un rato se despide. En su viaje se ha nutrido de corales y de estrellas, eso se le nota. Está pensando en él, en toda su vida del lado de las olas, en el frío que a veces ha tenido. Piensa en su destino, siente que se aproxima con pasos cada vez más grandes, sus veintisiete años le miran frente a frente. Se descubre alado: el aire y el agua le resultan similares. Vivir es despeñarse: no importa si es agua o aire. Ahí los tiene a ambos, convocados. Los últimos rayos de sol anuncian que se aproxima la noche, una luna más lo está esperando en unas horas, ahí justo en donde ahora se despide la luz.