viernes, mayo 13, 2005

Encuentros y desencuentros

Por Dora Martínez (Buenos Aires, Argentina)
Taller de Redacción

Un día muy caluroso del mes de febrero, viajando desde Ezeiza hacia la Capital Federal, pensando en qué encuentros y desencuentros humanos me depararía ese día en que estábamos de paro, suena el celular. Atiendo, es mi jefa, que a los gritos me dice: “¿Cuanto te falta dora para llegar?”

Inmediatamente lo primero que me surge es:

-Buen día Susana, ¿qué pasa?

-¿Qué pasa? Pasa que estamos de paro y no sólo hay problemas para establecer una guardia mínima en el servicio, sino que la Secretaría de Salud envió un memo en el que pide la lista de las/os trabajadoras/es que estamos parando y la gente no sabés como está, hay quienes quieren levantar el paro, otros ya están trabajando y las de Estadística no entregan ni una historia clínica. Así que esto es un caos y te estamos esperando para ver qué hacemos.

¿Para ver qué hacemos? Pero si decidimos por asamblea que "hoy" estamos de paro. Enseguida comprendí que el día me deparaba desencuentros humanos, cuando llego al hospital las/os encuentro en situación de combate entre sí, una pregunta hasta ese momento impensada por mí empieza a dar vueltas en mi cabeza. ¿Qué es lo que me sigue enamorando para aceptar ser la delegada de mis compañeras/os?

Entonces, me vi retrospectivamente cuando era voluntaria en el hospital, más tarde sería mi sector de trabajo, eran el año setenta y tres y yo me estaba enamorando de los cambios profundos, de la revolución de la justicia social, tan anhelada en la memoria colectiva popular. Tenía tantas ganas de cambiar el mundo; que al mundo, mi viejo siempre me decía, me lo estaba llevando por delante, que era una mocosa irreverente y, si bien la descripción que mi papá hacía sobre mí no era desacertada, recordé que las/os de mi generación trabajábamos juntos/as pensando que era posible la realización de utopías que sembraran la igualdad entre hombres y mujeres, la igualdad en el acceso a la salud, a la educación, a la previsión, al trabajo digno, a vivir felices.

Sí, nuestros ideales estaban muy ligados a construir nuestra felicidad como pueblo; hoy creo que eso es lo que alentó a que resistiera internamente años de dolor, desaparición y exclusión humana. Quizás en todo este tiempo, después de recuperada la democracia en Argentina, recién ahora yo empezaba a darme cuenta de que mi enamoramiento no había cambiado, pero sí el de varios/as de mis “compañeras/os". Esto me distanciaba kilómetros de anhelos, deseos, y de caminos.

El grito de Mercedes, una de las enfermeras mas viejas, me trae al aquí y ahora. “¡Basta, por favor! Terminenlá viejo, al final hace más de una hora que estamos todos gritándonos sin llegar a una conclusión Yo quiero saber si estamos de paro”.

Un compañero de mantenimiento comenta con mucha aseveración. Paros eran los de antes, ahí si que ningún compañero dudaba, no importaba si eras peón, de la cocina, o del lavadero, hasta los médicos tomaban mate allá abajo en la caldera con nosotros, pero todo eso se fue perdiendo. “¿Y por qué se perdió?”, me animé a preguntar en medio de tanto silencio. El compañero dijo: “Porque dejamos de creer después, dejamos de mirarnos y de hablarnos, y así cada uno se fue encerrando en sus propios problemas en sus cosas, no sé, a mí me parece eso”. Mercedes asentía con la cabeza. Perdimos las ganas de compartir, agregó Susana, mi jefa; sin querer estábamos hablando como nunca antes de nosotras/os, desnudando nuestros sentimientos, emociones, miedos, dudas. Me parecía un momento pleno, auténtico, sincero, que no quería se perdiera. Entonces, justo ahí retomé “la palabra", intentando refrescar la memoria colectiva para recuperar aunque sea un poquito de “los sueños" que nos quedaron en el camino del "desencuentro humano" que todavía nos invadía y nos obturaba “la palabra", “el diálogo", en síntesis, nos obturaba nuestro “encuentro humano”.

Después me quedé sola en el Aula Magna, intentando empezar a darme una respuesta a mi pregunta y encontré que sentía muy fuerte que valía todavía la pena el seguir enamorada de “la vida".

Dora tiene 46 años y asistente psiquiátrica.

E-mail: ciberdora@hotmail.com