viernes, mayo 13, 2005

En la montaña las magnitudes cambian

Por Guadalupe Gómez (Buenos Aires, Argentina)
Taller de Redacción

“Pueblito, una hora”, señalaba el pequeño y rústico cartel de madera apenas visible entre la abundante vegetación del Parque Nacional Tayrona, en el noreste colombiano.

Hacía más de una hora desde que Daniel y yo habíamos partido del camping y se suponía que ese trayecto no podía demorarnos más de 30 minutos.

La bruma había desaparecido y con ella los mosquitos que llegaban cada día con el rocío matutino. El sol nos acariciaba con intensidad y la humedad del ambiente nos abrazaba sin darnos tregua.

Hasta entonces, el recorrido no había presentado ningún tipo de dificultad. La mayor parte del tiempo habíamos caminado por la playa esquivando las olas e inaugurando la arena con nuestras huellas y sólo en algunos tramos el sendero se había atrevido a escabullirse entre la vida de la selva tropical de la Sierra Nevada de Santa Marta.

“Si van a buen ritmo en una hora llegan a Pueblito”, nos indicó la vendedora de la única tienda que existe en el campamento El Cabo, sobre la costa caribeña del Atlántico. A esa altura, sospechábamos que los datos podían sufrir algunas alteraciones.

Ansiosos, nos sumergimos en la montaña conducidos por una angosta senda que rompía la armonía de la selva. De pronto, la llanura quedó atrás y el ascenso se volvió constante.

La inmensidad de la arboleda resultaba tan abrumadora que se confundía con la soledad que sentíamos. La multiplicidad de los sonidos de las aves, los sapos, los monos y demás animales imposibles de identificar y el mar cada vez más lejano; junto al incesante trabajo de las hormigas y las lagartijas azul eléctrico que se deslizaban entre las rocas; eran nuestros únicos testigos.

Por momentos, el camino se convertía en una escalera de piedras gigantescas que demandaba más esfuerzo. El cansancio, el calor y la sed no ayudaban. El sol estaba casi perpendicular a nuestros cuerpos y los casi 40 grados de temperatura nos aplastaban. No había brisa. Sólo de vez en cuando la sombra de alguna planta, que se atrevía a desafiar la autoridad del astro, nos protegía.

Habíamos andado más de una hora desde nuestra última parada y no había indicios de que el poblado estuviese cerca, ni siquiera de que otras personas compartiesen con nosotros la aventura. Tampoco habíamos vuelto a ver otra señal indicativa. La certeza de que esa era la dirección correcta empezaba a desvanecerse.

No obstante, cuando habíamos comenzado a considerar el adelanto del regreso, un manojo de mariposas blancas tan grandes como la palma de una mano adulta surgió entre la exuberancia. Casi sin proponérnoslo, confiamos en su compañía que se mantuvo hasta el final.

De repente, detrás de una gran piedra que formaba un túnel apareció un turista irlandés que venía descendiendo y en un forzado español nos animó: “Faltan 20 minutos”. También nos advirtió que un poco más adelante nos esperaba un río. Más tarde, cuando según los datos de este hombre deberíamos haber estado llegando a destino, se produjo nuestro segundo encuentro. Eran dos viajeros canadienses que calcularon que aún debíamos andar al menos media hora más.

La noticia nos tranquilizó y el entusiasmo desafiaba al agotamiento de las piernas. Entonces, las erguidas palmeras de más de 20 metros de altura presentes durante todo el trayecto parecían saludarnos, al igual que las numerosas ardillas que se trepaban de un árbol a otro.

Cuando menos lo imaginábamos, el ascenso se detuvo y Pueblito nos dio la bienvenida. El cronómetro marcaba dos horas y media. Todavía hoy nos preguntamos lo que significa andar "a buen ritmo".

Guadalupe tiene 24 años y es estudiante.

E-mail: guadagomez2003@yahoo.com.ar