viernes, mayo 13, 2005

El Sarmiento nuestro de cada día

Por Karina López (Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
Taller de Redacción

Postal urbana de nuestro tiempo, el tren Sarmiento fue y es el transporte elegido por los trabajadores en su éxodo hacia la Capital, ahí donde todo finalmente converge: la ciudad de Buenos Aires. Desde Moreno y hasta Once, el Sarmiento recorre dieciséis estaciones del oeste del conurbano bonaerense en casi 40 kilómetros de itinerario.


Hoy es lunes y desde la madrugada puede verse a los pasajeros llegar a la estación de Ituzaingó, ubicada casi a mitad de recorrido. La gran mayoría deberá cumplir con su trabajo, pero hay quienes tienen otros motivos: quizás algún hospital público, quizás algún trámite. Son 200.000 personas las que utilizan esta línea diariamente para movilizarse.

Aquellos que lo hacen rutina, seguramente ya reconozcan caras conocidas; es que el Sarmiento, como cada mundillo urbano, tiene sus protagonistas: estarán los clásicos vendedores ambulantes, aquellos que insólitamente venden desde golosinas y libros hasta objetos que el nuevo milenio y su tecnología trajo: CDs y hasta películas para el DVD. Para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, siguen diciendo ellos.

Cada madrugada cientos de personas inician su viaje esperando que los horarios se cumplan, que las demoras no ocurran y que la comodidad no sea tan esquiva.

Corrían los primeros años de la democracia cuando viajar era una experiencia tortuosa: las deficiencias abundaban y la desorganización reinaba. Hacinados y como ganado, los usuarios del servicio padecían cada viaje de ida y vuelta. La privatización fue en los inicios de los noventa la salida que eligió el gobierno en una oleada histórica por privatizar todo lo público, un cuento conocido de la Argentina.

Volvemos a Ituzaingó; el tren arriba e iniciamos el camino. Castelar llega en seguida y Morón asusta al ver la cantidad de gente que pretende subir. Lo logran sin mayores problemas y todo continúa hasta llegar a la primera estación de Capital; ahí está Liniers, otro punto convulsionado por los caprichos de la urbe y sus dictámenes. Otro desafío se asoma para los viajantes; poder ingresar sin que otros egoístas pasajeros construyan la típica pared humana infranqueable por donde se la mire. Como si se tratara de una prueba de supervivencia, los muchachos empujan a todos hacia adentro, sin importar nada. Los que quedaron abajo no tienen más que a la resignación por compañera y la suerte de que el próximo tren pueda albergarlos.

El gran desembarco llegará en Once y es mejor prepararse para la salida a presión y ajustar las pertenencias si no se quiere perder algo en la contienda. Son las 8 de la mañana cuando llegamos a Once; la primera parte ha concluido, solo resta esperar la vuelta.

Corremos imaginariamente las agujas del reloj y cuando el sol cae y se hacen las 7 de la tarde, la corriente fluye enérgica hacia las afueras de Capital Federal: todos regresan a casa, cansados, resignados a pagar el peaje de la clase trabajadora, el tren nuestro de cada día. Algunos nuevamente no subirán y esperarán otro tren. Otros miran a esos últimos personajes que incorporó el tren: los cartoneros.

El regreso es aún peor que la ida. Vuelve Liniers, la pared humana, la incomodidad y además, el malhumor. Alguno elegirá bajar por la ventanilla cuando la otra alternativa a tamaña acrobacia sea bajarse en la siguiente estación. Poco a poco el tren se vacía y llega a su último destino, Moreno. El viaje termina, pero todos saben que mañana espera nuevamente la travesía de ser los pasajeros del tren Sarmiento.

Karina tiene 28 años y es periodista.
E-mail: karilopez@sinectis.com.ar