jueves, mayo 12, 2005

De travesía y fronteras

Por Itzela Sosa (Cuernavaca, México)
Taller de Redacción

Cuando era niña en la casa de la abuela deambulaban los fantasmas, los migrantes y los sueños. Supe que eso sucedía desde mucho antes de que yo naciera. Supe que en aquél cuarto que yo siempre imaginé repleto de fantasmas solían dormir los huéspedes del pueblo, sus paisanos de Oaxaca.

La abuela solía dar asilo a los viajeros del pueblo que iban al “gabacho” (Estados Unidos). Entonces se les llamaba braseros. Nunca supe por qué. Pero sí supe que más de uno de sus hermanos, mis tíos abuelos, a los que en ese entonces veía ya con el pelo blanquecino abajo del sombrero del domingo, también fueron braseros.

Solían hablar de los campos del gabacho con tristeza, con un no sé qué que no lograba yo entender; hablaban poco de eso estando sobrios. Años después fue el turno de sus hijos. "Ya no nos fumigan", les oía decir a su regreso. Ya entonces les llamaban “los mojados” porque para llegar a gringolandia había que cruzar los ríos fronterizos. Oí también que a más de un “mojado” se lo tragó el río. Se hundían con sus sueños y su hambre.

Con los años aumentaron las historias, los indocumentados muertos en vagones de trenes o de trailers por asfixia, niños, mujeres, familias enteras muertos todos por asfixia. Sin embargo, son cada vez más los que lo intentan, mes a mes, año a año.

Ahora, en plena era del “terrorismo”, la vía “tradicional” es el desierto. Ahora es la sed y el sol lo que los mata y si sobreviven al desierto, ya no los fumigan; ahora es el tiempo de cazarlos. "No se trata de matarlos”, dice el líder “civil” de lo que pareciera un deporte extremo, de esos de alcurnia y
pedigree... “Sólo queremos disuadirlos de que vengan”. Si sobreviven al desierto, tal vez resistan bien la cacería. “Sólo nos protegemos de su paso”, dicen, para justificar la cacería de migrantes.

Siempre me ha intrigado, me ha indignado, me ha dolido pensar en esos muertos, en sus travesías. En lo que pasa en sus cabezas al tomar la decisión de irse, de arriesgarse, de dejarlo todo, aún la vida, por llegar a la frontera. Me intriga el trayecto de la pobreza a la desesperación, de la desesperación a la muerte. La travesía no es lineal, eso me queda claro. Millones de pobres viven más de una sola muerte en el camino. La primera es la muerte social, el carecer de nombre, ser “un fulano más”, “un indio más”, “un pinche mexicano más”, “un pinche hambriento más”, un rostro anónimo más en una fosa común universal.

Con los años ha aumentado el flujo de migrantes; los “coyotes”, los policías, la altura de las bardas, las políticas estériles, la xenofobia, la pobreza. Se trafica más que nunca con la pobreza, con la desesperación y en medio de todo, de los discursos políticos, el tráfico de humanos, los coyotes, ahí en medio los migrantes. “Aumentaremos la vigilancia en
la frontera, subiremos las bardas”, dice Relaciones Exteriores del “gabacho”; espectral silencio de la Secretaría de Relaciones Exteriores en México. Los muertos en aumento. Su “seguridad” la basan en sus arsenales y sus bardas (negocio redondo, por cierto).

¿Pensarán que con bardas se detienen la pobreza, la desesperación, en fin, el juicio de la historia?

Itzela tiene 28 años y es investigadora social y escritora.
E-mail:
moluscofeliz@yahoo.com