sábado, mayo 21, 2005

Cuando las luces no alcanzan

Por Ayelen Waigandt (Paraná, Argentina)

Después de dar mil vueltas por la casa en penumbras, invadida por el aburrimiento del domingo, salí a la calle con un frío abismo en el pecho. Caminé sin rumbo por las calles desiertas de una Paraná completamente dormida, prendí un cigarrillo y me senté a disfrutarlo en un banco de la plaza Sáenz Peña. De repente, sentí que algo se encontraba a unos pocos metros, giré con lentitud la cabeza hacia el costado, no quería causar la menor perturbación en el entorno, lo vi. Un bulto oscuro, no pude tener certeza acerca de su forma –si es que la tenía- pues mis ojos continuamente me engañaban, se encontraba allí, a unos pasos, como dormido, respirando con la paciencia y la fuerza de una fiera a punto de atrapar a su presa. Me observaba con un solo ojo, tumbado en el suelo.

La plaza estaba calma, era la una de la madrugada y las luces de la calle no llegaban adonde estábamos, aunque a unos 30 metros, por calle Enrique Carbó, circulaban algunos autos. En un débil acto de valentía intenté ir hacia él pero no pude llegar más allá, el bulto se movió. Me invadió el terror. Sentí ganas de correr, pero estaba congelada, mis músculos agarrotados me generaban un dolor intenso en la espalda que describía una perfecta línea hasta mi nuca. Tuve ganas de gritar pero sólo pude temblar como una hoja, al tiempo que mi cabeza dictaba: “Si hacés ruido, te atrapa. Si te equivocás, te mata. No te muevas, quedate quieta”.

Mis ojos con lágrimas, mi garganta hirviendo por el grito ahogado y la bestia allí, sin mostrar siquiera su aspecto. Sólo habían pasado unos segundos, igual que horas, y una nube negra me cubrió. El miedo adentro del pecho soplando aire frío en mis venas, miedo a lo desconocido, a eso que habita en la sombra y amenaza. La muerte agazapada y las visiones de un trágico final parecían cristalizarse en esta noche que no tuvo nada de especial, sólo la lánguida apatía con la que me observé el rostro en el espejo roto del baño, antes de salir.

Comencé a avergonzarme de mi actitud, me dije:

-¿Qué te pasa?, estás aterrorizada, inmóvil, vencida por algo que no conocés. ¿No valdría más estar muerta a padecer esta pena?, mas esta pena ¿no es la muerte misma?

Un par de minutos infinitos pasaron en esas cavilaciones cuando advertí al lado de mi pie una rama gruesa que había dejado la tormenta. Era mi oportunidad para defenderme, debía actuar y salir de ese maldito momento en el que estaba atrapada. Pero, ¿cómo vencer el miedo?...

De pronto, la fiera que tanto me espantaba comenzó a erguirse, volví a quedar como la estatua del centro de la plaza. La cosa se puso sobre sus pies, se rascó la cabeza; y sólo entonces, recordé que en ese lugar viven y duermen personas. El tiempo retomó la velocidad normal, el viento frío se condensó en una sonrisa.

El hombre se alejó, dedicándome algunos insultos por lo bajo. Yo me quedé allí, fumando y girando en la espiral del tiempo, pensando que, tarde o temprano, el miedo te hace tonto y yo lo era.