viernes, mayo 13, 2005

Comentario general - Taller de Redacción

Amigos:

Estoy sencillamente exhausto; los miembros anquilosados, los pensamientos perdidos. Sus trabajos me han llevado de una a otra parte, en todo aspecto y sin respiro: por un momento, mientras escuchaba "La Misa Salisburguense", de Biber, imaginé que hacía a un lado mi profesión de médico y me abandonaba a una aventura literaria, fantasía que se desmoronó en un abrir y cerrar de ojos cuando me sorprendí metida en un delantal de docente y, en la provincia de Córdoba, marché en defensa de mis derechos. El viaje que realicé entre las estaciones Moreno y Once, del ferrocarril General Sarmiento, en sus vagones deteriorados, resultó fatal, experiencia que de modo alguno me impidió partir tras los pasos del Che en Bolivia. La memoria, antojadiza, ingobernable, me trasladó de pronto en el tiempo: salté a los ocho años de edad y en compañía de mi padre asistí, por primera vez en mi vida, a un partido de la selección argentina de fútbol, una verdadera fiesta, similar en su magnitud a la que me sorprendió en los alrededores del Congreso de la Nación, en Buenos Aires, donde un grupo de caceroleros reclamaba atención. En Villa La Angostura, Neuquén, gasté horas procurando entender por qué había dejado España y regresado a mi país; entonces, un tallerista me rescató de las deliberaciones internas y del sur de la Argentina pasé como una saeta al norte: por un tortuoso camino, entre cerros escarpados, recorrí las tierras de las comunidades campesinas salteñas; tanto anduve, que sin darme cuenta llegué a Colombia, donde, en una geografía selvática, realicé un ascenso mágico hacia la localidad de "Pueblito". Pero tuve que descender a las apuradas para oponerme al desalojo de la Clínica Halac y exigir la liberación de los detenidos. Movido vaya uno a saber por qué humor atávico, resolví trepar a un avión y viajar a Italia con el propósito de conocer el lugar donde nació mi madre; en Choele Choel caí en el estremecimiento cuando escuché un concierto de sirenas que, supuse, estaban anunciando la explosión del Chocón, y ni hablar de la pesadumbre que me atacó en la oscura frontera México/EEUU, o en Mendoza, donde fui un inmigrante boliviano durmiendo una siesta a la intemperie; terribles sensaciones que de inmediato logré mitigar durante una tertulia de militantes en Rosario, y, posteriormente, en el homenaje a Gastón Gori, autor de "La Forestal", circunstancia que me trajo a la memoria el encuentro con otro prócer santafesino: Osvaldo Bayer. Sin detenerme siquiera un instante, partí tras las huellas de Amanda Etcheguren, singular mujer correntina, y, en la noche, luego de escuchar a Alejandro Dolina en el Anfiteatro de Rosario, me reuní con un puñado de amigos para ensayar un estrambótico juego de roles, enfrentando, de la mano del azar, destinos y castigos. Conocí, a causa de un trabajo práctico que me pidieron en el colegio, la obra del pintor santafesino Juan Arancio, y en Punta Arenas, sur de Chile, fui víctima del engaño de un "maestro" jardinero que, tras asegurarme que mi jardín había de recuperar su césped verde y sano, no hizo más que dejarme de obsequio una porción de tierra estéril...

Al cabo de tanto paseo, y pese al cansancio que me devoraba, tuve la buena fortuna de regresar a mi casa a las seis de la mañana y, casi con desdén, asesinar al bueno de Antonio: estaba harta de su propensión a la infidelidad.

Quienes deseen aventurarse en el largo y sinuoso camino que tuve la buena fortuna de recorrer gracias a sus escritos, podrán hacerlo: aquí debajo están todos los trabajos.

Un abrazo,

Hernán