sábado, mayo 21, 2005

Ciento cuarenta kilómetros a través de la cordillera

Por Mario Gómez (Mendoza, Argentina)

Todos los años, una caravana formada por alrededor de doscientas personas recorre los Andes en busca de los fantasmas de los granaderos de San Martín. Duermen al sereno, comen guiso carrero y cabalgan en mulas. La larga marcha tarda diez días y el Regimiento de Montaña pone a sus mejores baqueanos a disposición de la expedición. Los sentidos se confunden entre la soledad, el frío de la noche y el calor de los mediodías eternos.

En la última edición, decidí sumarme. Era una empresa difícil, pero no me hubiera perdonado no haberme embarcado. En esos días de marcha, los expedicionarios cruzamos puentes de piedra, conocimos un poco de la vida del Gran Capitán y sentimos en nuestros huesos el cansancio y el coraje de aquellos soldados. No hubo armas, sólo emociones.

Es la segunda semana de enero de 2004. Somos ochenta y cuatro expedicionarios y el grupo se eleva a ciento nueve, contando a los jinetes militares y baqueanos del Regimiento de Infantería de Montaña 16 de Uspallata, sin cuyo apoyo la empresa sería irrealizable. En fila, de a uno, subiendo el angosto camino entre dos cerros, la columna que recorre a lomo de mula y a mate cocido el camino que siguió San Martín alcanza quinientos metros de extensión.

El lunes hay una ceremonia de partida en el campo histórico de El Plumerillo, donde San Martín organizó su ejército. La mayoría de los expedicionarios llegó de Rosario; el resto de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes, Tucumán, Mendoza, Santiago del Estero, Salta, Formosa y del interior de Santa Fe. Al mediodía arribamos al viejo casco de la estancia Canota, treinta kilómetros al noroeste de Mendoza. Fue una jornada de familiarizarse con eso de caminar entre el olor y la bosta de las mulas. Por la tarde, se distribuyen los animales y se forman once patrullas, cada una con un jefe experimentado. Más del sesenta por ciento de los participantes no había cabalgado nunca. Los dolores en las piernas -y no en la cola, como podría creerse- pronto darían cuenta de ello. En la aventura están representadas todas las edades, desde 15 a 67 años. Y casi un tercio son mujeres.

El primer contacto con los animales confirmó la sabiduría de tantas populares comparaciones: ser terco como una mula, loco como una mula, patear como una mula. No vale hablarles para demostrar que se es amigo, o llamarlas por sus nombres: Lola, Carolina, Haragán, Alf. Tampoco parece amilanarlas demasiado el rigor del rebenque. Hacen más bien lo que se les canta y, si la cosa se pone brava, están los baqueanos para ponerlas en vereda. Pero los defectos de estos híbridos de yegua y burro se compensan con sus virtudes: son resistentes, trepan adonde parece impensable, pisan seguras en todo terreno y perciben el peligro. Parece mentira que con semejante instinto no les importe si llevan un ser humano o cajones de fruta.

La columna avanza por la pampa de Canota y parece pequeña en esa planicie interminable, a dos mil novecientos metros de altura, techo de la precordillera. Desde las crestas de los cerros espían varios guanacos, tan curiosos como asustadizos. Un choique, el ñandú de la zona, aparece a la carrera por el llano y dos jinetes baqueanos se lanzan a perseguirlo, sólo por divertirse. Promedia la primera jornada del cruce de los Andes a lomo de mula, por la ruta sanmartiniana de Uspallata, la misma que empleó el general Gregorio de las Heras al frente de su columna del Ejército de los Andes.

El objetivo es Las Cuevas, adonde se llegará luego de recorrer unos ciento cuarenta kilómetros a lomo de mula en una semana, con un día de descanso en el medio. El tramo final hasta la cuesta de Chacabuco, donde se libró una batalla decisiva de la Independencia, se hará en ómnibus, ya que no se puede cruzar a Chile con el ganado.

Después de un día de ansiedad con noche de fogón bajo las estrellas, el martes hay diana a las 6.30, mate cocido con pan y dulce de leche y se despachan los equipajes en un camión de apoyo del Ejército. Para la jornada, sólo lo indispensable en una alforja: la ración fría para el almuerzo y una cantimplora. A las 9.30 empieza el cruce en Canota, a mil cuatrocientos metros, rumbo a Agua de la Cueva, a casi tres mil cien.

Pronto queda claro que cruzar los Andes en mula no es hacer castillos de arena junto al mar. Asustadizas, mañosas e impredecibles, las mulas tiran a dos compañeros. Las caídas no pasan del susto, pero la mañana se transforma en un picnic de derribos, que llegan a siete en total. Uno lo protagonizo yo, que venía meditando cómo dominar al animal en caso de que se espantara. Pero a la hora de la verdad no hay tiempo ni de darse cuenta: otra mula pateadora hace lo suyo y en una fracción de segundo estoy en el suelo. Por suerte, la caída fue en el centro de una jarilla, un arbusto tupido con ramitas delgadas que amortiguaron el aterrizaje.

Nos quedamos en una quebrada, junto a una vertiente. En todo momento del cruce hay clases de historia sobre episodios de la vida de San Martín y allí, bajo un solazo que parte, Miguel Brusasca cautiva a todos con su relato del sargento Cabral, que el 3 de febrero de 1813, en el combate de San Lorenzo, rescató junto al soldado Baigorria a San Martín de debajo de su caballo herido por la metralla, y en ese momento fue atravesado por un bayonetazo. “Murió en el refectorio del convento pocas horas después. Nunca pudo haber dicho 'Muero contento, hemos batido al enemigo' en ese español castizo que cuenta la historia oficial. Si hubo últimas palabras fueron en guaraní, su idioma”, explica.

Tras una jornada agotadora, luego de atravesar la desértica pampa de Canota, ascendemos una última cuesta y por primera vez aparecen, a lo lejos, las altas cumbres de la cordillera con el Aconcagua en el centro. En Agua de la Cueva hay un par de pozos de agua, únicos en toda el área. Se supone que allí abrevaron los animales de la columna de Las Heras y también los que iban con San Martín cuando viajó a Uspallata para encontrarse en el valle con los derrotados de Rancagua.

Rubén Sosa, pediatra de Casa Cuna, vino junto a su mujer como un participante más, pero terminó siendo el médico de la expedición porque a último momento el previsto debió bajarse. En Agua de la Cueva atendió veintiséis consultas, la mayoría por baja presión y cefaleas, efectos típicos de la altura y del cansancio. También decidió evacuar a un expedicionario con hipertensión, provocada por correr la mula que se le había soltado. A tres mil metros no conviene hacer olas.

El guiso caliente preparado por la cocina del Ejército es un manjar. Dormimos al aire libre, al modo de los arrieros, usando de colchón la manta matra, el pellón y el cuero de las monturas. De cara al cielo estrellado, como sólo se ve en la montaña. Los treinta y tres grados del día bajaron a casi cero en la madrugada. Amanecemos cubiertos de escarcha y no del todo descansados.

El camino a Uspallata es amplio, polvoriento y en descenso. Es miércoles y sabemos que nos espera el descanso en el Regimiento, una ducha, una cama y agua con sólo abrir la canilla. Pero primero hay que llegar...

Cinco jóvenes parten a pie, como homenaje a los infantes del ejército sanmartiniano, que así lo hicieron porque no alcanzaban los animales para todos. Los que van en mula sienten que apuran el paso, ya que saben que vuelven a casa. Son treinta y dos kilómetros bajo un sol demoledor. Duelen piernas y rodillas. El calor seco marea. Un pañuelo se desprende de una cabeza y las mulas se pegan una espantada, pero ya hay más dominio y todo vuelve a su cauce.

Por fin, a la vista, el verde valle de Uspallata. La entrada va encabezada por las banderas argentina y del Ejército de los Andes, las de Chile, Perú y la provincia de Santa Fe, de los organizadores. La expedición es recibida por una banda militar y gente del pueblo. Están todos contentos.

El paso de Uspallata es uno de los seis que empleó San Martín con su Ejército de cinco mil hombres, dieciséis mil mulas y mil seiscientos caballos. El jueves está destinado al descanso y para el viernes se esperan días duros, de largas marchas por la montaña y noches frías. Estamos mucho más cerca.

Precipicios y un río furioso, última etapa del camino de San Martín. Detrás quedaron los peligrosos planchones de nieve, las pendientes de cuarenta y cinco grados y los senderos de ni medio metro de ancho que asoman a precipicios donde conviene no mirar. El final del camino, después de una semana de marcha demoledora, está a metros: el Cristo Redentor, a cuatro mil doscientos metros de altura, justo en el límite con Chile.

Se trató de emular la hazaña de San Martín, que en enero de 1817 inició el cruce por seis pasos distintos. Le llevó veinte días y fue parte de la estrategia conocida como "guerra de zapa" para engañar a los realistas españoles y hacer desparramar sus fuerzas a lo largo de setecientos cincuenta kilómetros de cordillera. Hay que experimentar esos peligrosos senderos para comprender la magnitud de la empresa sanmartiniana. Sus cinco mil hombres cruzaron en una época sin medios de apoyo y al otro lado los esperaba probablemente la muerte.

En esta semana hubo que acostumbrarse a vivir la vida en mula, a superar los miedos a las patadas y los derribos -hubo más de veinte caídas-, a marchar de sol a sol con altas temperaturas, a masticar tierra y polvo.

Fue una gran aventura de esas para contarlas a los nietos y que de ellos surjan preguntas hasta el hartazgo.