jueves, mayo 12, 2005

Buenos Aires: entre vidrios y llamas

Por María Lilia Santía (Córdoba, Argentina)
Taller de Redacción

Esa mañana nada haría presagiar que iba a cambiar el escenario del país. Nada indicaba que semejante violencia seria la noticia del día. Buenos Aires había despertado como tantos otros días.

El cálido verano nos obligaba a transitar tal vez mas apurados, tal vez más lentos. La gente cansada por la mala administración, sobre todo económica, salió a la calle a expresar su descontento. En especial la clase media, que era la que más lo sufría. Quizá por primera vez, se organizó, casi sin advertirlo y exigía sus reclamos. Así, unos y otros días, se sucedieron estas manifestaciones. Unas y otras gentes se agruparon para hacer sonar sus cacerolas en forma de protesta. Muchas provincias del país se hicieron eco de estas manifestaciones y también salieron a las calles, a expresar su enojo, su bronca y su oposición. Siempre a la tarde, se oían los “cacerolazos” en uno y otro punto de la Argentina. En aquel día estaba muy cerca del Congreso, cuando alguien avisó que la Caballería estaba frente a la Casa Rosada, que allí había problemas. Que el pueblo se estaba cansando de tantos “cacerolazos” y vanos reclamos. En la calle, la gente asustada corría sin rumbo, apenas se podía respirar un aire enrarecido: sin duda, eran gases lacrimógenos.

Todo era humo, gritos y corridas. Intente entonces ir por las calles más vacías, evitando el caos. Todo estaba descontrolado: los semáforos no funcionaban, la gente que corría de un lado al otro, sin sentido y tapados con improvisados pañuelos atados sobre sus bocas, para evitar los efectos del humo tóxico.

A mi paso todo eran llamas, humo y vidrios rotos sobre las veredas. Después me entere por televisión que el entonces Presidente De la Rúa había huido de Casa Rosada, sostenido por unos hombres, en el helicóptero presidencial. El país acéfalo y en llamas. A mi paso, no dejaba de ver con espanto los autos incendiándose, las vidrieras rotas de los bancos y los saqueos. Hasta que por fin llegué al hotel donde me alojaba. Por un momento me alegré de haber llegado al hotel. De sentirme más segura, dentro de la inseguridad que reinaba en ese momento. En la recepción, los empleados sostenían tapando sus bocas, toallas mojadas para evitar el efecto de los gases y poder respirar sin problemas. Allí se vivía el mismo clima que afuera .Un clima contagioso de incertidumbre y desesperanza por todo lo que sucedía. La ciudad saqueada.

El desconcierto nos había alcanzado a todos por igual. Ese diciembre no fue como todos los demás. El clima navideño se había transformado, cambiando por un aire cargado de violencia y de impotencia también. En ese atardecer se tiñó de rojo el país. Una vez más. Las imágenes de la televisión se encargaron de mostrar el caos, la desesperación de la gente, los heridos y hasta los muertos Pero lo que nunca olvidaré es haber visto a Buenos Aires en llamas.

María Lilia tiene 39 años y es licenciada en Comunicación Social.
E-mail: marilynsa27@yahoo.com.ar