sábado, mayo 21, 2005

Boda, dolor y alegría

Por Raúl Chami (Córdoba, Argentina)

El casamiento de un integrante de un núcleo familiar chiquito, como el mío, es un hecho trascendente por demás, y esa sensación era la que nos embargaba en esos días de 1968, dos años después del fallecimiento de nuestro padre, de bendita memoria. Mi hermana Ch. sería desposada con M. -un tipazo a quien quiero mucho-. Todo transcurrió con felicidad para el “civil”, que aquí se realizaba por costumbre los días jueves por la mañana, con cantidad de invitados, parientes y amigos. Mi hermana era la primera nieta -¡la primera de 39 primos hermanos!- que tomaba el camino de la formación de una familia, por lo tanto la ocasión era una fiesta doble.

Fiel a sus amistades, M. trajo de San Luis a su mejor amigo, L., compañero de juergas y de estudios, como principal testigo del civil e invitado muy especial que venía a esta Córdoba.

Llegó el ansiado sábado; por la mañana M. tuvo que ir a la sinagoga para asistir a un rezo tradicional, tanto por su convicción religiosa como para cumplir con un íntimo pedido de su madre -gran mujer que, viuda de jovencita, sacó a sus tres hijos profesionales universitarios, luchando a brazo partido-. Por supuesto que lo acompañó L., católico observante y respetuoso -¡ah! olvidaba anotar que era único hijo-. Yo no asistí, tenía que ayudar a mamá en un sinfín de quehaceres previo a la fiesta.

Poco antes del mediodía recibo una llamada urgente en el único teléfono del pasillo con ocho casitas. Era mi cuñado desesperado: “Raúl, Raúl, por favor, por favor... andate al Hospital de Urgencias, L. está muy mal, lo atropelló una moto...”.

Informarle a mamá, establecer un hermético cerrojo alrededor de la novia para que no se enterara, ver quién golpeaba a la puerta de casa y tomar el ómnibus para el hospital, fue cuestión de minutos.

Realmente me costó muy mucho poner cara de “científico” cuando el neurocirujano de guardia me dijo con frialdad académica y rutinaria: “Che, éste está terminado…está descerebrado”. Golpeó su cabeza con el cordón de la vereda, accidente tonto y estúpido. No se cómo pero ya habían llegado varios muchachos estudiantes de San Luis que formaban una hermosa “barra” de estudiantes, y a ellos les expliqué la situación de casamiento, de no contar nada a la novia, de la desesperación de M. Prometieron colaboración.

En esos momentos, entró desencajado un rubio con facha de deportista -sí, como ustedes ya imaginan, era el que había atropellado a L.- y empezó a gritar diciendo que él lo había atropellado y que lo había insultado burlonamente al golpearlo con la moto. Pero este rubio, al llegar a su domicilio, se enteró que había atropellado a uno de sus mejores amigos. En el Hospital de Urgencias este joven empezó a gritar: “¡La puta que me parió! ¡La puta que me parió! ¡Yo lo maté! ¡Maté a un amigazo! -siento la piel de gallina al evocarlo en estas líneas-.

Aislar aun más el entorno de mi hermana para que no se enterara; la firmeza de mi vieja; el desconcierto y la bronca de la madre de M. por una explicación inverosímil: “¿Cómo que tu amigo del alma se fue con una chica a bailar a un night club?, ¿pero qué clase de amigo tenés que en vez de ir a tu boda se va con una mujerzuela?, ¿ése es el padrino que “trajites” (sic, en ladino) para tu boda?; el baile nupcial de M., en donde, como médico semiólogo que soy, ahora recuerdo su facies doliente mientras danzaba; la llegada de los padres de L. en horas de la madrugada para llevarse el cadáver de su hijo -el único- y también ellos, haciendo un esfuerzo para no levantar una polvareda de espanto.

Todas estas situaciones serán material de próximas entregas. Aunque no lo crean, hay algo más o menos gracioso en el transcurso de la boda, incluso algunos trompis que yo propiné a alguien. En fin…ya leerán.