viernes, mayo 27, 2005

Acordes de un protesta

Por Jimena Palá (Mendoza, Argentina)

Amanece en pleno otoño mendocino, hoy comienza la semana. Para quien lo ha vivido, sabe que la pesadumbre de los días lunes y la nostalgia del fin de semana, que tan fugazmente pasó, son ignoradas por los crujientes sonidos y los tornasolados colores amarillos, ocres y rojos, de las hojas, que revolotean ingenuamente por amplias veredas. Porque como dice la canción “no es lo mismo el otoño en Mendoza”. No pasará mucho para que aparezcan los barrenderos, con sus improvisadas escobas de hojas de palmera, borrando cualquier rastro de suciedad o de otoño que haya en acequias y veredas; porque como también se dice “Mendoza, la ciudad más limpia del país”.

Camino disfrutando de este paisaje, y tratando de olvidar que al monótono lunes se le suman esos trámites que son imposibles de evadir, que ya ni siquiera pueden ser postergados. Luego de varias cuadras llego a la Casa de Gobierno, respiro profundo y comienzo a subir esas antiguas escaleras, que parecen casi interminables.

Finalmente ingreso al edificio, estoy en planta baja, en el ala central, puedo ver a escasos metros la Bandera del Ejercito Libertador, custodiada por dos inmutables granaderos y rodeada por escolares, que miran asombrados. Me recuerdan que esa misma sensación tuve la primera vez que estuve frente a ella, cuando iba a la escuela primaria, ya que es una visita obligada para cualquier mendocino en edad escolar.

Continúo mi viaje, a esta hora, en los pasillos, la gente se amontona en silencio, sin disimular, en muchos casos, el desánimo matinal, y esperando a ascensores que al parecer tienen vida propia. Tomo coraje y opto por las escaleras sin saber que el destino me sorprendería momentos más tarde.

Llego casi sin aliento y con pocas ganas de continuar al cuarto piso, no entiendo mucho, allí se encuentran los integrantes de la Orquesta Sinfónica de Mendoza, con sus antiguos instrumentos perfectamente dispuestos a escasos pasos del despacho gubernamental. Ante el asombro de empleados y transeúntes que ahí estamos, comienzan a interpretar el Himno Nacional. Transmiten tanto patriotismo, tanta entrega, tanta belleza, tanta pasión, no obstante mi ignorancia musical, no puedo evitar emocionarme, mientras que cada vez son más los que se unen para entornar esas bellas estrofas, olvidando el lugar y ocupaciones que hasta hace instantes los tenían, diría, casi como robotizados.

Mi asombro continúa segundos más tarde, cuando escucho a uno de sus integrantes decir: “Esto no es una protesta salarial. Sólo pedimos instrumentos, ya que muchos de nuestros compañeros nos han tenido que abandonar por no contar con ellos”. En ese momento conozco un poco acerca de su realidad: algunos años atrás esta orquesta se formó con sesenta integrantes, y con el sueño de llegar a ser, en poco tiempo, cien; pero debido al deterioro de sus instrumentos, hoy en día con un enorme esfuerzo y vocación sólo consiguen mantenerse cuarenta y cinco.

Miro el reloj y tomo conciencia de que los trámites ya no pueden esperar un segundo más; retomo mi ascenso interminable, agradecida por ese sorpresivo privilegio y sintiendo culpa, al fin y al cabo yo también soy parte en esa inmensa y oscura máquina consumista que hace oídos sordos a manifestaciones como ésta. Tampoco puedo dejar de preguntarme:

¿Nuestro talento no merece aunque más no sea el derecho a ser expuesto?

¿Somos los mendocinos concientes que en épocas de globalización, internet, home theatre, cines con “pop corn”…lo único que nos une a nuestras raíces es justamente nuestra cultura? ¿Acaso uno de los pocos “bienes” que nunca podrá ser “importable” ni “sustituible”?
Sólo espero que este reclamo no sea como tantos otros, que se vuelan…o mejor dicho “se barren”…. como las hojas en el otoño mendocino.