sábado, mayo 21, 2005

1º de Mayo: más que nunca, tu día

Por Ana Herrera (Salta, Argentina)

“Ando con tu recuerdo por las tardes soleadas de otoño...”, especialmente esta tarde, que es soleada y es otoño. Hoy iré a visitarte, aunque no estás allí.

Subí a mis hijas a la camioneta y cruzamos Salta de punta a punta para buscar a mis hermanos. Reunidos los cinco, partimos despacio, como alargando el camino, disfrutando del sol tibio de la siesta. Nos íbamos riendo como cuando éramos chicos, de chistes que sólo nosotros entendíamos. Las risas fueron menguando. Compramos flores, algunas siemprevivas, crisantemos, y alguna que otra flor rosado fuerte, como le fascinan a Carolina. Recorrimos los senderos del parque y mientras caminaba, una imagen describía mis sentimientos: “Tu recuerdo está en la nube blanca o en el trino que oigo”.

Con paciencia desatamos los hilos de los ramos, y repitiendo el ritual de tantos otros hijos, acomodamos las flores, una a una, en el florero enterrado. Cada uno quedó ensimismado, mirando, buscando alguna señal en las letras de tu nombre, en los números que acotan tu nacimiento y tu partida. 17 de agosto de 1928 - 1º de mayo de 2003. Mirá vos el día que elegiste, ¿será que después de trabajar y trabajar durante tantos años decidiste descansar, por fin, el Día del Trabajador? Carolina y Solana correteaban por allí, pisoteando ¿irreverentemente? otros nombres y otras fechas.

El aire tibio favorecía el ensueño: “No sé porqué te busco cada tarde, cuando me siento solo”, ¿será porque tu mano me daba confianza? Creo que sí. De pronto me vienen imágenes de Buenos Aires. ¿Te acordás? Me diste el gusto de llevarme a conocer la Gran Capital cuando sólo tenía 6 años. Y tu mano era la que hacía que caminara segura, porque me resbalaba a cada rato con mis zapatos nuevos que mamá compró un mes antes pero no me dejó usar hasta el día del viaje. Tu mano era la que yo apretaba cuando veía en las calles porteñas esa gente tan extraña vestida de naranja, cabeza rapada y trencita, perfume raro, repartiendo unos papeles con actitud demasiado amenazante para mi gusto. Años después descubrí que eran hindúes, o algo por el estilo, que predicaban sobre su espiritualidad, y no pseudomonstruos que querían llevarme. Tu mano era la de la cual yo me colgaba cuando me buscabas de la escuela, cada tarde. Tu mano era la que ya no encontré y empecé a extrañar en la adolescencia ¿Será porque ninguno de los dos supo como seguir aferrado al otro? “Y pienso que de nuevo estás conmigo en medio de las horas, por lo que, a veces, mi palabra te nombra”.

Regresamos en silencio, desandando los senderos del parque, cada uno para adentro. Sólo el parloteo de Carolina y los balbuceos de Solana. Si vieras que lindas están, Carolina ya tiene 5 años y va a jardín. Casi siempre se viste de rosado o fucsia. Solana hace honor a su nombre, es un sol. Hubiera sido lindo que la conocieras, la abrazaras, la hicieras jugar, la disfrutaras. Al menos te enteraste que estaba en mi panza, y era tu cuarta nieta.

No queríamos volver a nuestras casas y sin decirnos nada, pero coincidiendo en nuestro destino, regresamos al antiguo nido. Mamá no estaba. La tarde daba paso a la noche. Sentados en la cocina, empezamos nuevamente con los chistes, tan simples, tan graciosos, tan nuestros. Y riendo dijimos: “En realidad lo que merece papi no son flores, sino un brindis”. Y allá fueron mis hermanos a comprar cerveza, salame y queso, tu picada preferida. La que tanta veces compartimos. La que te hacía mal, pero sin embargo disfrutabas y repetías, hasta el último día.

Y en un “salud, viejo”, nos hermanamos más que nunca, y al menos yo sentí que “tu recuerdo me lleva de la mano en el otoño”.

Nota: las frases en cursiva pertenecen al poeta Manuel J. Castilla y son las que elegí para una esquela dedicada a mi viejo, cuando se cumplió el primer año de su muerte.