martes, abril 12, 2005

Todas las voces (San Juan de Puerto Rico)

Por Edwin R. Quiles (San Juan de Puerto Rico, Puerto Rico)
Taller de Redacción Periodística

"...en medio de la misa entró el matador y sin confesar su culpa le disparó..." Rubén Blades

Un sermón inconcluso. El ruido ensordecedor del proyectil, apenas apagado por los gritos. De pronto el silencio, el inconfundible olor a pólvora y, en el púlpito, el cuerpo inerte de un indispensable: Oscar Arnulfo Romero Damas, "el cura bueno", el de la acción comprometida, sacerdote de los pobres, mensajero de paz en una sociedad convulsionada por la violencia. Inútilmente cercenaron su voz. Sus palabras ya estaban escritas en la memoria, en las paredes del templo, en la calle y en el campo; en las voces silentes de los "sin voz", en las bocas de los fusiles de los que escogieron la lucha armada como único camino hacia la vida plena. Ese mismo día, acaso a la manera de presagio, en la homilía había hablado sobre la importancia de "meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige".Moreno, de ojos negros, cejas espesas y frente ancha, "el monseñor", como le llamaban cariñosamente, era un hombrecito de sonrisa tímida y porte humilde. Fue ordenado sacerdote en 1942, a los 25 años, y en 1977 arzobispo de San Salvador, cargo que ejerció hasta 1980. Lejos de la complicidad usual de la "santa institución", convirtió el altar en tarima de protesta. Desde allí lanzó gritos de esperanza, denunció las injusticias y la violencia de las fuerzas de seguridad, a quienes conminó a rehusarse obedecer toda orden "que les impusiese de asesinar a sus hermanos campesinos". Predicador de verbo punzante, desafió a las instituciones del poder y asumió el papel de portavoz de los menesterosos, de los que tienen hambre y sed de justicia y, al hacerlo, encontró también su propia voz; conducta que excitó el reconocimiento y la admiración, tanto en su país como en el exterior: en 1978, el parlamento inglés lo propuso como candidato al Premio Nobel de la Paz; en 1980, la Universidad de Lovania, en Bélgica, le confirió un Doctorado Honoris Causa. En varios países existen grupos que proponen la canonización de "San Romero de América".
Profeta y educador, Romero creía en la organización de comunidades de base como un instrumento para construir alternativas políticas y, desde la Iglesia, trabajó para fortalecerlas. Predicaba una espiritualidad de acción, de compromiso y de liberación, defensora de los derechos de Dios, de la dignidad humana. "La persona -decía- no puede quedarse callada ante tanta abominación". De ahí su peligrosidad, de ahí la amenaza a las instituciones del poder. Dejo que sus propias palabras describan su legado: "Si me matan, me levantaré otra vez en el pueblo salvadoreño". Hoy, veinticinco años después de su última homilía, Romero sigue predicando; su voz, vibrante y vigente, nos obliga a comprometernos con los ideales de justicia e igualdad que defendió con su vida. Su obra es una inspiración que no disminuye, sino que se hace más profunda con el tiempo.