lunes, abril 25, 2005

Son unos ojos que me miran... (Mendoza)

Por Alexis Barraza (Mendoza, Argentina)
Taller de Redacción Periodística - Semblanza

Cinco de la mañana de un día cualquiera, cualquiera porque cada día es igual para Sergio Miguel Muñoz, un hombre común, tan común que incita a escribir estas palabras sobre su persona, en un intento de rescatar de su anonimato a tantos cientos de personas que viven su vida sin más: sólo trabajo, obligaciones, casa, trabajo y algún amor frustrado.
Miguel nació en Mendoza en los años cincuenta, hijo de Josefina y de Miguel, quienes ya lo han abandonado en este mundo. Vivió sus primeros años en un barrio típicamente obrero de la ciudad, tan obrero como ha sido él toda su vida, desde los once años, cuando dejó de estudiar y empezó a prestar funciones en un taller mecánico. Durante los cuatro años que laboró allí sólo aprendió a barrer y limpiar el taller; tiempo más tarde, entre 1971 y 1981, se desempeñó en una fábrica de vinagre, en la que tenía la tarea de limpiar botellas y ponerles corchos. Nunca se pudo calificar profesionalmente, defecto con el que vivirá siempre.
Estatura pequeña, casi un metro sesenta, rostro chato, dentadura en olvido; ya perdió casi todos los dientes superiores, excepto los colmillos, pero eso no lo intimida para fijar una sonrisa permanente y cantar en voz alta durante todos los largos días de trabajo.
Su ropa siempre oscura y su pelo negro tupido -peinado muy prolijamente y siempre igual, como achatado contra su cabeza- le dan una caracterización muy especial. Tiene dos trabajos que lo mantienen ocupado desde las seis de la mañana hasta las once de la noche, con un intervalo de tres horas al mediodía. Una y otra vez limpia los baños de clubes a los que concurre la clase media pacata mendocina. Pero pese al cansancio, Sergio no cesa de cantar a su amor, ni de sonreír a cuanta persona saluda, siempre cordial y feliz.
Su vida amorosa no ha sido muy diferente a su vida laboral, canta y escribe canciones a su amor imposible, quien le corresponde tibiamente aceptando tomar un café de cuando en cuando o yendo al cine en compañía de la madre. Sin embargo, no deja de escribir para ella:

"Eres mi sol, eres mi vida, eres mi hermoso amanecer, tu eres la estrella encendida la que ilumina mi ser, eras niña y no eras niña, tu lo comprendes muy bien, porque antes que fueras niña tuviste que ser mujer, por no negarle a tu niño el derecho de nacer, luego tu fuiste creciendo, a tu lado el también, hoy los años han forjado una hermosa mujer, a ti te canto María con la voz y el corazón y le pido a dios que nunca le falte tu bendición, María José la vida me regaló tu amistad, hoy quiero gritarle al mundo que soy feliz de verdad, porque he alcanzado la dicha de conocer la más bella, a ti María José".

Los recuerdos de su infancia no son muchos, pero sí es muy fuerte el de un paseo a pie por los cerros aledaños a la ciudad, en busca de claveles del aire para aromar la casa y, en forma de remedio casero, curar cuanta enfermedad anduviera dando vueltas.
A sus cincuenta años, no ha tenido hijos y disfruta de sus sobrinos. También disfruta de su trabajo, se siente agradecido. Y le llenan el alma de alegría los esporádicos cafés con María José, quien le ha prometido volver ir al cine. Por ello escribió su última canción:

“Ahí viene ya llegando mi sol, la mujer maravillosa, tiene rosas sin espinas para mi, comparte conmigo un café y me cuenta sus cosas, y a veces lloran las rosas porque ella tiene dolor (...)”

El momento del café no es muy extenso, ya que Miguel debe volver a trabajar. Pero regresa con un profundo y singular sentido de felicidad, felicidad de lo que la vida, por cierto mezquina, le ha dado, tal vez la posibilidad de soñar, de desear, de querer, y así andar, seguir, vivir.
Un día alguien le preguntó por qué era feliz y dijo sin dudarlo:


“Voy a contarle doctor ya que usted me lo pregunta, porque es que me ve siempre feliz y cantando, cuando hoy la mayoría se la pasa entristecida y a veces llorando. No esconderé la razón de porque vivo cantando, son unos ojos que me miran llenos de luz y ternura, ellos alivian mis penas, me hacen olvidar el llanto (...)”