miércoles, abril 13, 2005

Perfume de azar (Paraná)

Por Matías Lagleyze (Paraná, Argentina)
Taller de Crónicas Periodísticas

El sector "no fumadores" se está poblando, por lo que es probable que en breve me inviten a retirarme. Ya hace dos horas de un viernes a la noche que estoy ocupando esta silla y por micrófono, de vez en cuando, me recuerdan que "la permanencia en la sala implica la participación efectiva en el juego". Debo ser yo que no alcanzo a percibirlo, pero parece que en el Bingo de Paraná todo pasa por una cuestión de estímulos.
Aunque a todo el lugar se lo denomina "el Bingo", la sala donde se sientan los parroquianos a marcar números en un papelito está al final de todo. Lo que abunda acá son las máquinas tragamonedas, tanto mecánicas como electrónicas. Su campanilleo infernal se puede escuchar a ambos lados del alfombrado pasillo de entrada, rodeando la ruleta, amontonándose a la izquierda del coqueto restó-pub interno y perdiéndose por allá, por un pasillo a la derecha que lleva a los baños.
He venido esta noche con Zully y Ana quienes tratan, infructuosamente, de explicarme el sistema de fichas y billetes. Con la familiaridad que les da su condición de habitués, piden una pizza a Rubén, uno de los mozos. Conocen a todos por su nombre: la que nos vende el cupón es Susana -"recién se peleó con el novio y vive sola"-, mientras que la que acomoda las banderas de acrílico que dicen "Línea" y "Bingo" se llama Araceli, "estudia para instrumentista y tiene un hijo". Estos empleados públicos quizá no saben que han salido en los diarios esta semana, cuando un funcionario del gobierno declaró que el juego en la provincia no debería estar en sus manos ni en la de sus jefes. En su opinión, el "manejo del estímulo" que lleva a apostar a esta gente -a mis compañeros de mesa, a los que se acodan en la ruleta y a los que ejercitan sus bíceps en las tragamonedas-, estaría mejor manejado por un empresario privado.
Aquí todos asienten. Es un tic que han adquirido de tanto levantar la vista hacia alguno de los dieciséis televisores que muestran la bolilla sorteada, para luego chequear su cartón. Al final de este amplio recinto hay tres peceras: la espejada del jefe de sala -que en una noche de buena recaudación puede decretar algo así como un "ésta va sin cargo, muchachos"-, la de Guadalupe, la locutora, que va cantando números y premios, y la principal, donde revolotean esas pelotitas numeradas que decidirán nuestra suerte esta noche. Ana recuerda la vez que se abrió la puerta del bolillero y se escapó todo su contenido. Hasta que recuperaron todas las pelotitas pasó media hora.
De curioso acepto un cupón que me regala Zully, quien confía en mi suerte de principiante. Al terminar el sorteo, a mí me faltan ocho números y a ella uno: para la próxima no me pasará otro. Sigo pensando en las palabras de quienes se largan a teorizar sobre lo que incitaría a esta gente a gastar más, pero no creo que sea el caso de mis compañeras de mesa. Están cómodas, socializan con otros jugadores, se han hecho amigas de los empleados y ni locas se meterían en otro lugar que no sea el bingo (me cuentan que no han metido más de diez pesos en las tragamonedas). A la luz de las traumáticas privatizaciones que hemos sufrido, se sabe, estas intervenciones mediáticas de algún funcionario siempre esconden algo.
Mientras Guadalupe agradece a los ganadores que colaboran con la "caja de los empleados" (algo así como una propina institucionalizada), nos vamos con Ana al restaurant, donde Zully nos espera escuchando el saxo de "Dibujo", un sexagenario de modales joviales y pelo atado con colita. Pero el plato fuerte es Karol: de furioso leopardo, entre el insoportable colchón sónico que despiden los engendros mecánicos que nos rodean, la rubia hace su entrada triunfal y entona sin mucho preámbulo "Se dice de mí", en una versión más cercana a "Betty la fea" que a la Merello. Sentado ante un cortado, me dispongo perezosamente a alargar el momento, pero la entrada de Karol me ha marcado ya el epílogo. Para el tropel de personas que veo entrar, en cambio, la noche recién empieza.