martes, abril 12, 2005

Máscaras de carnaval (Bilbao)

Por Alvaro Hilario Tutti (Bilbao, País Vasco)
Taller de Crónicas Periodísticas

Desde el momento en que ha abierto los ojos, una sola idea ocupa su resacosa cabeza: el sábado de Carnaval. En lugares, son el martes o el domingo los días fuertes; lindos lugares con lindos carnavales telúricos movidos por un entusiasta y tradicional pueblo que, invariablemente, acabará rodando por el piso del bar. Entrañables carnavales rurales.
En una gran ciudad la mano viene diferente. No es tan telúrico, y la inexistente tradición se obvia: aquí, el objetivo último y sagrado de la fiesta es terminar rodando por el piso.
El viajero, ya reintegrado a su primario hábitat (dos cuadras, tres bares, una cama y una manga de atorrantes), putea por el día que es, por el día de la vuelta a la barra tras la "espantada argentina". No le preocupan tanto las chicanas sobre el viaje, como las masas de adolescentes en busca del camino más barato y rápido hacia el suelo. ¡Ya no hay indios metropolitanos! ¡Ni siquiera quedan punkies por la calle! Así, ¿cómo clamar por una clientela de esas que sabía beber, combinar el vino, el hachís y el rock & roll? ¡Cómo convencerles de que las guitarras de Strummer o Albert Collins portan más ritmo y sensualidad, más amor, que cualquier golosina caribeña o electrónica!
Advierte, en el reloj, que aún cuenta con dos horas de libertad provisional. Toma un somnífero. En un rato no habrá ni carnestolendas, ni aviones, ni aeropuertos lejanos. A las seis y media despierta sobresaltado, transpirado; va a la ducha, se afeita, se enjabona la cada vez más rala cabellera. Tampoco falta la crema hidratante y unos toques del desodorante que ella le regaló en Villa Crespo, por su cumpleaños. Mete el cuerpo en una remera de mensaje entre amenazador y reivindicativo; toma la perenne campera de cuero negro.
Ya en el metro asoman las primeras mascaritas. Ciudadanía, disfraces, festejos y demás se concentran en la parte vieja de la ciudad y sus alrededores. Este año, debido a discrepancias políticas, el Carnaval de la Municipalidad combate contra el ingenio de la Cabalgata de los organismos populares, la chusma, el rojerío.
A ese tremendo tapón se dirigen las jóvenes máscaras: adolescentes ataviadas de vaca, de cow girl, de diabla, de mujer de las cavernas... distintas, pero con un elemento común: escandalosas minifaldas, por lo reducidas y por las gélidas temperaturas del febrero europeo.
La parte vieja, las Siete Calles, tiene su propia estación de metro. En cinco minutos, en lo que uno se fuma un pucho, se llega a la taberna. Ocho menos cuarto de la tarde, ya de noche. El viajero da un repique de aldaba. La ventana del primer piso se abre y desde allí le dejan caer las llaves del bar. Levanta la persiana y cierra la puerta a su espalda. A tientas, alcanza el cuadro de luces; enciende las del almacén, antaño comedor, para dejar allí la campera. Cierra bien la puerta, la atranca con un banco. Su proximidad al retrete ha convertido al almacén en irresistible tentación para exploradores repletos de cerveza, parejas pasadas de rosca y faloperos varios.
Ahora las luces del bar. Ritualmente se anuda el mandil a la cintura y, aun con la puerta cerrada, arma un faso que consume sentado en un taburete. Entre sorbos de agua y volutas de humo blanco mira hacia el reloj que preside la barra. Instintivamente, mira el porro: todavía hay tiempo para terminarlo con tranquilidad. Fuma, no piensa en nada especial. No podría. No le da el cuero. Se concentra en lo suyo, va entrando en el papel. Recorre las costuras del mandil con la yema de los dedos. Termina el canuto y prende el luminoso; abre las puertas, saca un pucho y se acomoda en la barra, justo en medio, junto a la registradora y la cámara de las cervezas. Con el tiempo ha comprendido que es el lugar a ocupar por un buen número "5" si quiere afrontar con garantías un cotejo contra un superpobladísimo medio campo rival.
Suena The Clash, afloran los primeros clientes, ninguno de ellos parroquiano habitual; propio de los sábados. Jóvenes cuarentones, como el camarero, más o menos. Entran animados por la música. "Hacía tiempo -dice uno- que no estaba en una taberna con la birra, un porro y moviéndome con los Clash". El viajero, camarero, perdón, aprecia el comentario en su justa medida. A continuación vienen Dr. Feelgood, Los Ramones, los Specials. Entran más cuarentones. Destapar cervezas, fregar vasos, preparar cortezas de limón para sus famosos gin-tonic, vuelta y vuelta al CD, furtivas miradas en busca de una cara bonita. Al igual que cuando era docente, coqueto, siempre esperará un amor nacido de unos ojos que se cruzan una, dos veces, que se ocultan sin esconderse.
Ya han pasado dos horas y ha conseguido estabilizar la clientela. No les deja escapar, no vaya a ser que su hueco sea ocupado por jóvenes y chillonas máscaras, esas mismas que ve calle arriba, calle abajo. Nadie está disfrazado en el bar. Ya no son horas, no son años. Lo mismo que los Reyes Magos son los padres y que el punk ya fue, no son edades para disfrazarse. No en una gran ciudad.
Se acercan las últimas horas de laburo. Acá, ya se vienen habituales y no habituales, pero todos incombustibles, todos con demasiados euros aun para gastarlos en cervezas y combinados de ron (cubano). Doce cervezas; una cuadrilla de lesbianas vestidas de obispo; cuatro Havanna con cola, cuatro gin-tonic. Los gays disfrazados de madre superiora. Miradas suplicantes. La señal. Con un leve movimiento desde la registradora cambia la música. Monjas y obispos se contonean, guiados por Donna Summer.
El camarero no ríe. Aprovecha un momento de histeria colectiva ("I will survive", Gloria Gaynor) para fumarse un faso al fondo de la barra.
Mentalmente, repasa las cámaras, el whisky consumido, los veinte minutos para desalojar y cerrar el bar, como ordena la Municipalidad. A las dos y cinco sube la recaudación al piso de arriba. Todas las luces apagadas. Las puertas cerradas. Las cámaras rebosantes de Martín esperando al sagrado vermouth de los domingos.
Miles de máscaras vociferantes, encanalladas tras muchas horas de Carnaval, anegan la calle. El viajero escapa. Piensa en el porro que se fumará una vez acostado.