martes, abril 12, 2005

Los viejos esperan (Rosario)

Por Romina Suquilvide (Rosario, Argentina)
Taller de Crónicas Periodísticas

La cita en el Residencial Villa Hortensia era a las seis. Una enfermera de aspecto angelical abrió la puerta a un mundo de ancianos: enterratorio viviente de seres anodinos que deambulan dentro del gran salón-pecera que los retiene. El lugar no es acogedor: una docena de abuelos "estacionados" alrededor de mesas redondas de fórmica blanca con manteles floreados; un living desprovisto de calidez ubicado frente a un ventanal (desde donde puede verse una plaza colmada de niños) es utilizado para recibir visitas; sobre el ángulo izquierdo, hacia el fondo, un mueble semejante a una barra de bar tiene un teléfono a monedas colocado a un metro de altura del piso; las paredes, pintadas de un amarillo deslucido, sostienen cuadros de papeles pintados imitando paisajes de artistas ignotos. Un compendio que no distiende el temor que paraliza el cuerpo y reseca la garganta. Esos viejos, depositados azarosamente en sillas de ruedas, con ropas de lana gastada y pantuflas, no son los respetados ancestros iroqueses de Morgan, ni mucho menos los depositarios del saber de Sir James Frazer. Definitivamente, están más cercanos a la marginalidad, a la progresiva exclusión de los espacios y recursos comunes que a la suma de poderes de los antiguos Consejos de Ancianos. Suena un timbre y una de las abuelas levanta la cabeza y exclama: "Teléfono, teléfono". Y aparece, corriendo, la enfermera que abrió la puerta. A los viejos no parece importarles la conversación, pero el sonido del aparato los saca de la modorra en la que se encontraban y comienzan, de pronto, a charlar. "En mi tiempo, escuchábamos muchas canciones, mamá cantaba, papá tocaba la guitarra...", le comenta una señora con la espalda encorvada a otra que tiene los ojos llorosos. Y sigue contando: "De todo cantábamos, mucho tango, chacareras..., todo lo lindo de nuestro tiempo". Tiempo que "ya fue", dirían los más jóvenes. Para los viejos, el tiempo transcurre lento, mezcla de resignación y nostalgia. Es un tiempo cercano a la no-vida, a la muerte que llegará a todos pero es preferible alejarse. Los que están afuera del geriátrico sienten el olor a senectud y no regresan. Los viejos esperan. Los ojitos vivaces, mojados por la alegría, los delata ante las visitas; los movimientos torpes y desprolijos, los recuerdos descosidos de la urdimbre de la vida, que deja al descubierto, la triste desesperación de querer caer bien para que vuelvas, para que no olvides volver.