martes, abril 12, 2005

Historias de puños olvidados (Punta Arenas)

Por Cristián Morales (Punta Arenas, Chile)
Taller de Redacción Periodística

Las esquinas están acolchadas y el público abuchea histéricamente a Carlos Alvarez González, el Canario. En la década del treinta era el más "pije" de todos: entraba engominado, con bata de seda y pantalón rojo; saludaba a la galería y el Politeama, antiguo estadio de la ciudad de Punta Arenas, estallaba en pifias. En una pelea, mientras el árbitro daba las habituales instrucciones, le dijo a Ortega, su rival y campeón de entonces en Magallanes: "Hoy día no te afeitaste". El púgil lo miró extrañado e inmediatamente el Canario le arrancó un puñado de vellos del pecho; tenía los guantes puestos, pero eso no le impidió manejar su pulgar a la perfección. "Este gallo va a entrar con miedo, me va a tirar una izquierda, pero yo lo voy a cruzar al tiro con mi derecha", pensó Alvarez. Dicho y hecho, al primer puñete lo noqueó.
El apodo viene por sus padres, oriundos de las Islas Canarias. La historia ha quedado fija en sus pequeños ojos lagrimosos; se ve a sí mismo como si estuviera frente a un espejo, descifrando las líneas de la cara, pasando del enojo a la risa:
-Todavía mi carrocería se ve bien, pero el motor me falla -repite y nadie responde.
Las palabras del Canario rebotan en un frío cemento de paredes amarillas, tapizadas con viejas fotos. Espejos gastados en sus bordes y algunos sacos colgados desde el techo construyen hoy día el ambiente boxeril. Hacía muchos años que no entraba al Gimnasio de la Confederación Deportiva. Al centro de la sala, unas cuerdas recubiertas y atadas rectangularmente forman una especie de cuadrilátero; una campana oxidada indica el inicio y los descansos de cada pelea. El lugar guarda el olor de todas las generaciones, las expresa en una memoria de frío húmedo que raspa la nariz.
"Ya nadie se preocupa por el boxeo", piensa. La sangre guerrera que caracterizaba a los peleadores magallánicos se está perdiendo. Y es que los tiempos pasan. Pero quienes han subido al cuadrilátero saben que la adrenalina trabaja a un cien por cien, que al boxeador que lo noquean vuelve a entrar al ring.
La historia del boxeo en la Patagonia chilena es anterior al Canario. Comienza en 1988, cuando Enrique Barrington, un corpulento negro de 21 años, llegado de Estados Unidos, venció al escocés Bob Ferrier en un reñido combate. Durante la década del veinte proliferaron las academias y los clubes de boxeo y los campeonatos interciudades.
Por los mismos años la historia inscribe a Pedro Uyevic, Pedro Stanic, y el "Chilote" o "Puma de Natales", y Antonio Maichil como los más aguerridos de la época. En el Politeama, a veces el lleno era tal que muchos quedaban fuera y estaban obligados a seguir los combates a través de los gritos y comentarios espontáneos de la gente.
El Canario recoge uno de los guantes usados en los entrenamientos de hoy día. Cuando los tiene puestos descubre que es posible airear los dedos; parecen una herencia del Negro Barrington. Aprieta las manos y lanza algunos golpes al aire, como recordando los tiempos en que calzaba el guante. Sabe que hay distintas formas de enfrentar la pelea. Siempre le tiritaban las castañuelas, no se podía sostener, eso era increíble, y no lo podía dominar, le daban ganas de orinar. Había mucha ansiedad. Ahí comenzaba su diálogo interno: me va a ganar, voy a perder. Pero la verdad es que fue un ganador, dentro y fuera del ring, algo poco usual en el ambiente. Construyó el primer hotel turístico en Puerto Natales, el Capitán Eberhard, puerta de entrada a las Torres del Paine. Tuvo una destacada vida política, bajo la militancia del partido radical.
"Si volviera a tener 20 años, lo único que no haría sería boxear, considero que ningún hombre inteligente pelea, por eso nunca golpeé a una persona inteligente, ellos no me buscaban. Yo era muy bueno para la chilena -golpear en el descuido del rival-; me paraba frente a un boxeador, le hablaba y me daba cuenta de que era tarado. Mis mejores combates fueron lejos del cuadrilátero, a puño limpio. Al que me tocaba el hombro en un baile o por ahí, lo noqueaba y después preguntaba, porque sabía que no eran amigos míos", recuerda. Era la época en que portaba un arma, temeroso de que algún día lo botaran al suelo y lo mataran a patadas. Había visto a dos personas morir así y no quería correr esa suerte. Es que donde estaba el Canario había pleito.
Como púgil realizó un total de 162 peleas, de las que empató dos y perdió sólo una. Animaba las veladas de semifondo y fue uno de los pocos amateurs que siempre cobró por cada encuentro. Peleó con el campeón de Chile de peso mediano: "Me botó al segundo round con un golpe al plexo. La campana me salvó. Después lo tuve tres veces en el piso. En la revancha, Seguel no quiso pelear, dijo que yo no era boxeador, que era un caso muy raro".
A diferencia de otros pugilistas, el Canario llegó entero a los 90 años. Su muerte fue silenciosa. El año pasado fueron sus funerales y muy pocas personas asistieron. El olvido lo había noqueado para siempre.